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Mujeres rarámuris hacen historia en el basquetbol internacional con Mukí Sematí.

Desde lo más profundo de la Sierra Tarahumara hasta las duelas internacionales, un grupo de diez mujeres rarámuris ha roto moldes, expectativas y barreras culturales. Bajo el nombre de Mukí Sematí, que en lengua tarahumara significa “mujer bonita”, estas jóvenes no solo representaron a México en los Juegos Maestros Indígenas de Ottawa, Canadá, sino que conquistaron una medalla de plata que hoy brilla como símbolo de orgullo, resistencia y esperanza para su comunidad.

Tradicionalmente reconocidos por su asombrosa resistencia en carreras de larga distancia, los rarámuris han comenzado a abrirse paso en nuevas disciplinas deportivas. Esta incursión en el basquetbol femenil marca un parteaguas histórico: por primera vez, un equipo de mujeres rarámuris se alza con una presea internacional en esta disciplina. Al frente del equipo estuvo Lorena Díaz, estudiante de derecho y capitana del conjunto, quien expresó su deseo de que este logro inspire a más jóvenes a interesarse y preocuparse por su comunidad de manera genuina y solidaria.

La idea de formar este equipo fue del entrenador de alto rendimiento Sergio Hernández, quien, tras participar en otras ediciones de los Juegos acompañando a corredores indígenas, decidió ampliar la participación de las comunidades en otras disciplinas. El nombramiento de 2025 como Año de la Mujer Indígena por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum fue el impulso final para lanzar este ambicioso proyecto.

Hernández denunció que, durante años, muchos corredores rarámuris fueron llevados a competir bajo condiciones injustas, recibiendo a veces solo un kilo de maíz como paga y siendo olvidados una vez terminadas las carreras. Por ello, el proyecto de Mukí Sematí no es solo deportivo, sino también una declaración contra el abuso y la invisibilización, y un esfuerzo por reivindicar con dignidad el talento ancestral de estas mujeres.

Inspirado también por el caso de los niños triquis de Oaxaca —quienes han captado atención internacional con su talento en el baloncesto—, Hernández buscó formar un equipo competitivo y representativo. Para ello se sumó la entrenadora Vanessa García, con experiencia en el trabajo con comunidades indígenas, quien transformó los entrenamientos recreativos en un proceso profesional de preparación con rutinas estrictas, horarios, alimentación y táctica de juego.

García relató que, aunque sus jugadoras no contaban con la ventaja física de la altura —enfrentando a rivales de hasta 1.90 metros—, su rapidez, entrega, estrategia y unión como equipo marcaron la diferencia. “Ahora somos parte de la historia”, afirmó emocionada, destacando que ya hay más jóvenes rarámuris interesadas en seguir ese camino.

Para muchas jugadoras, como Elena Cruz, el cambio fue profundo. Pasaron de ver el deporte como un juego a tomárselo con disciplina, profesionalismo y pasión. “En el primer partido me sentí muy nerviosa, pero después dije: vamos con todo. Quiero mejorar y seguir entrenando”, compartió.

El logro de Mukí Sematí no es solo una medalla. Es un paso hacia la visibilidad, el respeto y el empoderamiento de las mujeres indígenas en ámbitos donde tradicionalmente no se les había reconocido. Un recordatorio de que el talento está en todas partes, y que cuando se les abren las puertas, las comunidades originarias no solo participan… brillan.

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