Por Rafael Páramo @ParamoYoSoy
México se encuentra atrapado en una disyuntiva que no podemos seguir ignorando. Por un lado, la presión constante de Estados Unidos, que no pierde ocasión para insinuar su “derecho” a intervenir en nuestro territorio bajo el pretexto de la lucha contra el narcotráfico. Por otro, la violencia interna que desgarra comunidades enteras, producto del mismo fenómeno criminal. Defender la soberanía no puede significar quedarnos de brazos cruzados mientras el país arde; pero tampoco puede traducirse en permitir que otros dicten las reglas de nuestra casa.
La soberanía no es un concepto abstracto ni un discurso para actos cívicos. Es la capacidad real de decidir nuestro rumbo como nación. Cada vez que un funcionario norteamericano plantea la idea de enviar tropas o “asistencia especial”, lo que se pone en juego es nuestra dignidad como país. Sin embargo, para que esa defensa sea creíble ante el mundo, México debe demostrar que tiene la voluntad y la capacidad de enfrentar a los cárteles y reducir la violencia que se alimenta de la corrupción y de la impunidad.
Aquí entra en escena el papel de la ciudadanía. No basta con indignarnos en redes sociales o con señalar la incompetencia de los gobiernos en turno. Defender la soberanía empieza por exigir resultados, transparencia y acciones contundentes contra el crimen organizado. La presión ciudadana es indispensable: sólo cuando la sociedad empuja, los gobiernos se ven obligados a romper pactos incómodos y a asumir riesgos políticos que de otro modo evadirían.
La paz no llegará con marines estadounidenses patrullando nuestras calles, pero tampoco con discursos que minimizan la tragedia. Necesitamos un Estado fuerte, sí, pero también ciudadanos activos, conscientes de que la soberanía se sostiene en la medida en que la nación sea capaz de garantizar la vida, la seguridad y la justicia de su propio pueblo. Esa es la verdadera independencia: no sólo resistir presiones externas, sino ser capaces de resolver nuestras heridas internas.












