La aparente tranquilidad en las inmediaciones de la sala de urgencias del Hospital General Rubén Leñero se rompió cuando una mujer salió llorando al reencontrarse con su familia. El dolor la hizo casi perder el equilibrio. Su hijo, Óscar Rubén Cortés, de 58 años, había muerto a causa de las graves quemaduras sufridas por la explosión de una pipa de gas en el puente La Concordia, en Iztapalapa. Es uno de los ocho fallecidos confirmados por el siniestro. Rodeada por sus seres queridos, la escena conmovió a los presentes que, en medio del silencio y la angustia, esperaban noticias sobre sus familiares heridos.
Cerca de la entrada del hospital, una antigua caseta telefónica se ha convertido en punto de encuentro. Allí se colocaron listas con los nombres de más de 90 heridos, su ubicación hospitalaria y las siglas “SCQ” (Superficie Corporal Quemada), que indican el nivel de quemaduras sufridas, algunas de hasta el 100%.
Griselda Pérez salió del hospital en busca de productos básicos para su hermano Alfonso, de 53 años. Él sobrevivió al fuego tras abandonar su coche y ser rescatado por una combi en movimiento. Sufrió quemaduras en el rostro y, aunque en un inicio iba a ser intubado, logró estabilizarse. Sin empleo estable ni seguro médico, su familia teme por el futuro económico de Alfonso, quien se encuentra inmóvil.
En la misma ruta donde ocurrió el accidente, Juan Carlos Bonilla, un comerciante de 41 años, regresaba de la Central de Abasto junto a su hijo, Juan Ángel, de 20. Ambos fueron captados en un video viral escapando de las llamas. Juan Ángel está estable en el Hospital Balbuena, pero Juan Carlos permanece en terapia intensiva con quemaduras graves. Su familia sigue sin recibir un diagnóstico definitivo.
Mientras tanto, decenas de familias acampan fuera del hospital, compartiendo palabras de aliento e información. Voluntarios y ciudadanos solidarios llegan con alimentos, café, agua y mensajes de apoyo. Letreros como “Unidos somos más fuertes” y “No están solos” decoran los muros y vehículos estacionados, símbolo de una comunidad que se une ante la tragedia.
Lizbeth Vargas, estudiante de enfermería de 22 años, entregaba tortas y mensajes de aliento. Su gesto, como el de muchos, surgió del temor personal: su padre trabaja cerca del lugar del incidente.
Guillermo Barragán, por su parte, acompañaba a su hermano y cuñada en la angustiosa búsqueda de su sobrina Ana Daniela, de 19 años, quien se dirigía a la universidad cuando ocurrió la explosión. Un bombero localizó su celular calcinado, aún funcional, y así lograron identificarla. Tras largas horas de espera, una prueba de ADN confirmó lo peor: Ana Daniela era una de las víctimas fatales.
La Fiscalía continúa investigando las causas del siniestro, mientras las autoridades prometen apoyo y reparación. Sin embargo, para muchas familias, el dolor apenas comienza y la esperanza se sostiene, frágil, entre muestras de solidaridad y la espera de justicia.













