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Morena y sus divisiones: la paradoja del poder.

Por Rafael Páramo.

Ningún movimiento político llega al poder sin fracturas internas. El problema no es que existan, sino cómo se administran. Morena, el partido que transformó el mapa político del país, enfrenta hoy su propio laberinto: las divisiones. Y aunque muchos las interpretan como señales de debilidad, en realidad podrían ser el costo inevitable de haber pasado de ser un movimiento opositor a convertirse en la fuerza dominante.

Dentro de Morena coexisten proyectos, egos y visiones que no siempre se reconcilian. Gobernadores, legisladores y liderazgos locales disputan espacios con la certeza de que el partido seguirá siendo el vehículo del poder. Pero esa misma seguridad puede volverse su mayor riesgo: cuando el partido en el gobierno deja de debatir ideas y comienza a pelear por posiciones, la narrativa del cambio se diluye en los mismos vicios que prometió desterrar.

¿Son necesarias las divisiones? En cierta medida, sí. Ninguna organización política que aspire a representar a un país diverso puede mantenerse monolítica. Las diferencias internas son sanas mientras estén orientadas a mejorar, a cuestionar errores y a fortalecer la rendición de cuentas. El problema surge cuando se convierten en disputas públicas sin propósito, en pugnas mediáticas que sólo desgastan y alimentan la percepción de desorden.

Morena enfrenta un dilema: si castiga y exhibe a quienes cometen errores, corre el riesgo de profundizar las fisuras. Si los encubre, pierde autoridad moral. En un contexto donde la ciudadanía exige coherencia y transparencia, ambas opciones tienen costos. La clave estará en mantener una disciplina política que no asfixie la crítica, pero que tampoco normalice la indisciplina.

Mientras tanto, la oposición —PRI, PAN y PRD— observa con cautela, esperando capitalizar el desgaste. Sin embargo, su ventaja es relativa. Carecen de una narrativa fresca y de liderazgos con legitimidad suficiente para competir en el terreno moral y político. A lo sumo, se benefician de los errores de Morena, no por mérito propio, sino por inercia del desencanto. Y en medio de este tablero aparece un actor que la gente sí mira con buenos ojos, al menos eso indican las encuestas, hablamos del gobernador de Nuevo León, Samuel García.

Su estilo disruptivo, su apuesta por el nearshoring y su discurso de modernidad lo han posicionado como una figura que, sin pertenecer a Morena, conecta con el electorado joven que busca algo distinto a los partidos tradicionales. En un país polarizado, su presencia mediática y su narrativa de gestión eficiente le otorgan una ventaja simbólica que pocos opositores han sabido construir. En resumen, Morena no enfrenta una crisis terminal, sino una etapa de madurez política. Las divisiones son inevitables; lo decisivo será cómo las resuelva. Si el partido logra mantener su cohesión sin sofocar la autocrítica, saldrá fortalecido. Pero si convierte las diferencias en guerra interna, abrirá el camino para que otros ocupen el espacio de la esperanza que alguna vez le perteneció.

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