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Hambre y desigualdad: Una elección política, no una condición humana

Monterrey, 14 de octubre del 2025

El hambre no es una consecuencia inevitable ni una condición natural, sino una manifestación de decisiones políticas y económicas que han favorecido la desigualdad. Mientras más de 670 millones de personas no acceden a una alimentación adecuada, un reducido grupo de multimillonarios controla una parte significativa del PIB mundial.

En 2024, los países más ricos destinaron cifras récord al gasto militar —2.7 billones de dólares—, pero no cumplieron su compromiso de asignar al menos el 0.7% de su PIB al desarrollo de los países más pobres.

El escenario actual recuerda al de hace 80 años, cuando se fundó la FAO. Sin embargo, hoy enfrentamos no sólo el hambre y la guerra, sino también una crisis climática urgente, que pone en evidencia la obsolescencia del sistema de gobernanza global actual.

Se requiere una reforma profunda del sistema multilateral. Es necesario impulsar inversiones sostenibles, fortalecer la capacidad de los Estados para aplicar políticas públicas efectivas, incluir a los pobres en los presupuestos públicos y hacer que los ricos contribuyan con una tributación justa.

Este principio se vio reflejado en la inclusión, por primera vez, del impuesto a los super-ricos en la declaración del G-20, bajo la presidencia de Brasil. En ese mismo país, está en marcha una reforma fiscal que impone impuestos mínimos a los más ricos y exime a millones de trabajadores con ingresos bajos.

Además, Brasil lidera la creación de una Alianza Global contra el Hambre y la Pobreza, que ya suma 200 miembros. Esta iniciativa busca no sólo intercambiar experiencias, sino también movilizar recursos concretos para combatir la desigualdad.

Gracias a políticas gubernamentales enfocadas, Brasil logró sacar del hambre a 26.5 millones de personas desde 2023 y salir nuevamente del Mapa del Hambre de la FAO. Esto se logró mediante una combinación de programas de transferencia de renta, alimentación escolar gratuita, compras públicas a pequeños agricultores, y subsidios para gas y electricidad para las familias más pobres.

Pero estas medidas no son sostenibles sin una economía que genere empleo e ingresos. Por eso, Brasil priorizó el aumento de salarios y redujo el desempleo a mínimos históricos, junto con la desigualdad de ingresos.

Aunque persisten desafíos, estos logros demuestran que el hambre puede ser erradicada si existe voluntad política. A nivel global, es urgente cambiar el enfoque: priorizar el desarrollo sobre los conflictos, combatir la desigualdad y abordar el cambio climático con las personas en el centro.

De cara a la COP-30 en la Amazonía, Brasil impulsará una Declaración sobre el Hambre, la Pobreza y el Clima, que reconozca cómo el cambio climático agrava la inseguridad alimentaria, especialmente en las regiones más vulnerables.

Estos mensajes también fueron llevados al Foro Mundial de la Alimentación y a la reunión de la Alianza Global contra el Hambre. El mensaje central es claro: el hambre es una creación humana, pero también está en nuestras manos eliminarla. La humanidad puede y debe construir su propio antídoto.

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