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El paisaje como territorio de control: arte, ocupación y memoria en Palestina

Monterrey, 23 de diciembre del 2025

El artista mexicano Pablo Rasgado sostiene que el paisaje palestino se ha convertido en una herramienta más de la ocupación israelí, un mecanismo de dominio que no sólo regula el territorio físico, sino que condiciona de manera directa la vida cotidiana de quienes lo habitan. Desde su perspectiva, el control se ejerce tanto sobre el espacio como sobre las personas, y esa relación fue el eje central de un proyecto de investigación artística desarrollado en Palestina, que se extendió a distintos formatos y culminó en el libro Horizonte: Una expedición desde Jenin hasta Négev, así como en una escultura titulada Sexto Piso.

En entrevista, Rasgado explicó que uno de los ejemplos más claros de cómo el paisaje funciona como un instrumento de poder es la infraestructura vial. En el territorio existen dos sistemas de carreteras superpuestos que no todos pueden usar de la misma manera: algunas son rápidas y directas, destinadas a los ciudadanos israelíes, mientras que otras, más largas y sinuosas, están reservadas para la población palestina. El acceso a estas rutas depende del pasaporte, de las placas del vehículo y de los documentos de identidad. A esto se suman los puntos de control, los toques de queda, las zonas inutilizables y una serie de restricciones que delimitan el movimiento y el uso del espacio según la nacionalidad.

El artista, nacido en Jalisco en 1984, relató que su intención inicial era simplemente viajar y trabajar de manera colaborativa en el territorio. Sin embargo, el proyecto creció de forma inesperada a partir de las visitas constantes y de los vínculos personales e institucionales que fue estableciendo. Con el tiempo, se organizaron encuentros, se planearon simposios y se tejieron relaciones con organizaciones de derechos humanos y con instituciones dedicadas a la preservación del patrimonio palestino.

Originalmente, se tenía previsto que en 2024 se realizara una exposición con las obras producidas durante el desarrollo del proyecto. No obstante, el asedio a Gaza iniciado en 2023 volvió imposible esa posibilidad. Ante ese escenario, el libro se convirtió en la forma de cerrar el proceso y, al mismo tiempo, de devolverlo simbólicamente a Palestina. Por esa razón, Rasgado consideró fundamental que el texto fuera traducido al árabe, al español y al inglés, para ampliar su alcance y permitir distintas lecturas.

El eje conceptual del proyecto fue un análisis profundo del paisaje palestino desde la noción de horizonte, entendida no sólo como un género dentro de la tradición artística, sino como un entramado complejo de dimensiones sociales, políticas y geológicas. El paisaje, en este sentido, no es únicamente lo que se ve, sino también lo que se vive, lo que se disputa y lo que se transforma con el paso del tiempo. Esta mirada integral es la que sostiene la estructura del libro.

Un concepto clave dentro de Horizonte es el de spoila, una práctica bélica de origen antiguo que consistía en reutilizar fragmentos arquitectónicos, monumentos o espacios de los pueblos derrotados para construir obras que evidenciaran la relación entre vencedor y vencido. En el contexto palestino, explicó Rasgado, esta noción adquiere una carga mucho más cercana y dolorosa, ya que los despojos no son ruinas lejanas, sino casas, muebles, objetos cotidianos y espacios que formaban parte de la vida diaria de las familias desplazadas.

El artista también destacó una expresión coloquial utilizada por la población local para referirse a la ocupación: akhaduha mafroosheh, que puede traducirse como “totalmente amueblado”. Aunque la frase puede parecer ligera, encierra una lectura profundamente desgarradora, pues alude a un territorio que fue tomado con todo y viviendas, edificios, carreteras e incluso infraestructuras completas, listas para ser habitadas por otros. Detrás de cada casa ocupada existía una familia, una historia, un lenguaje y una vida previa que fue interrumpida.

El proyecto contó inicialmente con una beca de la Fundación AM Qattan, una organización creada por una familia palestina exiliada que posteriormente regresó a la región. Gracias a ese apoyo, Rasgado pudo trabajar desde espacios en Ramallah, Londres y Gaza, siendo Ramallah el principal punto de operación y reflexión.

Rasgado subrayó que la investigación propone pensar el paisaje palestino como un territorio marcado por al menos un siglo de construcción, destrucción y reconstrucción constantes. Esa acumulación de materia inorgánica —escombros, cemento, restos arquitectónicos— se está integrando al subsuelo y dejando huellas que, con el tiempo, formarán parte del registro geológico de la región. Desde esta perspectiva, el proyecto funciona como una contrahistoria frente a los relatos oficiales que buscan legitimarse a través de otros medios.

En ese sentido, el artista señaló que la arqueología se ha convertido en una herramienta más para validar una narrativa específica sobre la historia judía en la zona. Como ejemplo mencionó el museo conocido como La Ciudad de David, donde, según él, se realizan excavaciones con maquinaria pesada, alejadas de los protocolos arqueológicos tradicionales, y se privilegia el hallazgo de objetos que refuercen un discurso previamente establecido.

Dentro del libro se desarrolla también la idea del horizonte desde la arqueología, entendida como el conjunto de trazas que delimitan distintas eras geológicas. Esta línea de investigación se conecta con trabajos previos de Rasgado, iniciados años atrás gracias a una beca de la Fundación Pollock-Krasner, que lo llevaron a realizar experimentos de laboratorio para comprender la composición material del cuerpo humano. A partir de esos datos comenzó la construcción de una escultura de gran formato, concebida como un monumento —o antimonumento— que dialoga con el paisaje y con la relación entre el cuerpo humano y el territorio.

La escultura no busca representar una figura humana reconocible desde lo visual, sino desde lo químico. A través de caminatas y del registro de imágenes, Rasgado fue construyendo una noción de persona que se aleja de la apariencia física y se centra en la materia que nos constituye.

Como parte de una segunda metodología, el artista realizó una serie de pinturas utilizando una antigua técnica de restauración que permite incrustar imágenes en el entorno. Estas piezas fueron colocadas en distintas ciudades como Jenin, Jerusalén, Nablus, Ramallah y Belén, con la intención de regresar un año después y observar qué cambios habían sufrido, funcionando casi como un termómetro del contexto. Algunas de estas obras pudieron ser revisitadas antes de que el conflicto se intensificara; otras permanecieron en el lugar y muchas desaparecieron, integrándose así al devenir mismo del proyecto y a la transformación constante del paisaje.

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