Monterrey, 21 de enero del 2026
El escritor Horacio Castellanos Moya (El Salvador, 1957) presenta su más reciente novela, Cornamenta, publicada por Alfaguara, una obra que surge —según el propio autor— de un impulso intuitivo e inconsciente, más que de una búsqueda racional de historias. Para él, la literatura nace desde adentro, como una resonancia íntima que se impone al escritor.
Con 14 novelas publicadas y varios libros de cuentos y ensayos, Castellanos Moya ha construido una obra marcada por la crítica política y el análisis de la identidad salvadoreña. Tras la publicación de El asco. Thomas Bernhard en San Salvador en 1997, recibió amenazas de muerte, lo que lo obligó a abandonar su país y continuar su carrera desde el exilio, una experiencia que sigue atravesando su literatura.
En Cornamenta, el autor retoma al personaje de Clemente Aragón, quien ya había aparecido de manera marginal en otras novelas. Ahora, Clemente ocupa el centro del relato: es un hombre casado, respetado socialmente, pero atrapado en una relación prohibida con la esposa de un general poderoso. Este vínculo desata un miedo constante a la muerte violenta, mientras el país se hunde en una profunda crisis política tras el fraude electoral de 1972.
La novela se desarrolla en un El Salvador convulso, donde las intrigas personales conviven con el derrumbe del orden institucional. Para Castellanos Moya, el interés radica en explorar la hipocresía moral del protagonista: un hombre útil a la sociedad, pero incapaz de controlar sus impulsos, en un contexto donde la infidelidad podía tolerarse, aunque no sin consecuencias letales.
El autor describe a la familia Aragón no como una saga, sino como un fresco familiar que le permite examinar distintas capas sociales: militares, exiliados, alcohólicos y arribistas. Sin embargo, admite sentirse agotado por Clemente y no planea continuar con estos personajes si no surge una nueva historia que lo sorprenda.
Castellanos Moya sitúa la novela en un momento bisagra de la historia salvadoreña, cuando se frustró el último intento de cambio democrático y se abrió el camino a la violencia armada. Para él, narrar este periodo no es un deber histórico, sino una pulsión personal, marcada por sus recuerdos de adolescencia y por una sociedad profundamente politizada.
Al mirar el El Salvador actual, el escritor percibe un ciclo repetido de autoritarismo, sostenido por el ejército y la debilidad de las instituciones, un fenómeno que, advierte, se extiende a buena parte de América Latina.













