El orgullo no debería necesitar un clóset.

Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.

Cada año, el Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+ suele asociarse con marchas, banderas y celebraciones. Sin embargo, esa imagen, aunque legítima, corre el riesgo de eclipsar el verdadero sentido de la fecha. El 28 de junio no conmemora una fiesta; conmemora una lucha por el reconocimiento de derechos que históricamente fueron negados a millones de personas por motivo de su orientación sexual o identidad de género.

El orgullo no surgió como una expresión festiva. Surgió como una respuesta colectiva frente a la discriminación, la criminalización y la violencia. Su propósito continúa siendo el mismo: hacer visibles las desigualdades que persisten y recordar que la igualdad jurídica no siempre se traduce en igualdad sustantiva.

Una de las expresiones que mejor evidencia esa deuda es la idea de «salir del clóset». Resulta revelador que esta experiencia siga siendo considerada un rito casi obligatorio para las personas de la diversidad sexual. Las personas heterosexuales nunca tienen que anunciar públicamente su orientación para ser aceptadas en sus familias, en sus centros de trabajo o en los espacios públicos. Esa asimetría demuestra que la heterosexualidad continúa operando como una norma social implícita, mientras que cualquier otra orientación o identidad requiere ser explicada, justificada o incluso validada.

Desde una perspectiva de derechos humanos, ninguna persona debería verse obligada a revelar aspectos de su vida privada para ejercer plenamente sus derechos. La orientación sexual y la identidad de género no tendrían que convertirse en categorías que condicionen el acceso a la aceptación social, al empleo, a la educación, a la salud o a la vida familiar.

México ha registrado avances importantes en el reconocimiento jurídico de los derechos de las personas LGBTIQ+. La consolidación del matrimonio igualitario y el reconocimiento de la identidad de género en diversas entidades federativas representan conquistas históricas. No obstante, la brecha entre el reconocimiento normativo y el ejercicio efectivo de los derechos sigue siendo significativa.

Las personas trans continúan enfrentando barreras administrativas para el reconocimiento de su identidad, dificultades para acceder a servicios de salud libres de discriminación y mayores niveles de exclusión laboral. Al mismo tiempo, organizaciones nacionales e internacionales siguen documentando discursos de odio, violencia y discriminación que limitan el ejercicio pleno de sus derechos. Más recientemente, diversos países han impulsado restricciones dirigidas a la población trans, evidenciando que los derechos humanos nunca constituyen conquistas definitivas, sino procesos que requieren vigilancia permanente.

Por ello, el Día Internacional del Orgullo conserva plena vigencia. No porque todas las personas deban participar en una marcha, sino porque la visibilización continúa siendo una herramienta indispensable para combatir la discriminación estructural.

El verdadero indicador de inclusión no será el tamaño de una celebración, sino el momento en que ninguna niña, niño o adolescente tenga que ocultar quién es por temor al rechazo; cuando las familias diversas dejen de ser tratadas como excepciones; cuando la orientación sexual o la identidad de género sean irrelevantes para acceder a oportunidades y ejercer derechos.

Ese será el día en que el orgullo deje de ser una reivindicación política para convertirse, simplemente, en una condición ordinaria de ciudadanía.

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