Por: Dra. Dinorah Moreno.
Continuamente se dice que las y los jóvenes son el futuro de la sociedad. La frase parece esperanzadora, pero también puede convertirse en una manera de posponer su participación. La juventud no solamente representa el futuro: forma parte del presente, enfrenta los problemas actuales y vive directamente las consecuencias de las decisiones públicas. Sin embargo, muchas personas jóvenes sienten que su voz no es escuchada, que las instituciones se encuentran alejadas de sus necesidades y que la democracia aparece solamente cuando llega el momento de pedirles el voto.
Hablar de democracia no debería limitarse a hablar de elecciones, campañas o partidos políticos. La democracia también se vive en la colonia cuando las personas se organizan para exigir mejores servicios; en la escuela cuando el alumnado puede expresar sus opiniones; en una comunidad que defiende sus derechos; y en cada espacio donde se escucha, se dialoga y se construyen acuerdos. Una democracia verdadera se reconoce en la vida cotidiana, especialmente cuando permite que la ciudadanía intervenga en las decisiones que afectan su bienestar.
No obstante, para muchas y muchos jóvenes, la democracia se ha convertido en una promesa que pocas veces se refleja en su realidad. Se les dice que pueden elegir, pero no siempre sienten que tienen opciones verdaderamente representativas. Se les invita a participar, pero con frecuencia sus propuestas no son tomadas en cuenta. Se les pide confiar en las instituciones, aunque diariamente conocen casos de corrupción, abuso de poder, impunidad y promesas incumplidas.
Ante este panorama, no resulta extraño que aparezca la desafección política. Este término puede sonar complejo, pero describe una situación muy cercana: dejar de confiar, sentirse distante de la política y pensar que participar no cambiará las cosas. Es la sensación de que las decisiones siempre se toman entre las mismas personas y que las necesidades ciudadanas solamente adquieren importancia durante los periodos electorales.
Sin embargo, desconfiar de la política no significa necesariamente desinteresarse por lo que sucede en la sociedad. Las juventudes se preocupan por la inseguridad, la desigualdad, la falta de oportunidades laborales, la violencia contra las mujeres, el acceso a la vivienda, la discriminación, el medioambiente y la calidad de la educación. Son problemas que afectan su presente y condicionan sus proyectos de vida.
Por ello, resulta injusto afirmar que las y los jóvenes son apáticos simplemente porque no participan de la manera tradicional. Su participación ha cambiado. Actualmente expresan sus inconformidades en redes sociales, apoyan movimientos, comparten información, firman peticiones, organizan colectas y hacen visibles problemáticas que antes tenían poca presencia en los medios de comunicación. Estas acciones también forman parte de la vida democrática.
Las redes sociales les han permitido tomar la palabra sin esperar la autorización de una institución. A través de TikTok, Instagram, YouTube o X pueden denunciar injusticias, cuestionar a las autoridades y conectarse con otras personas que comparten sus preocupaciones. Un video puede visibilizar en pocas horas un problema que durante años fue ignorado. Un mensaje puede iniciar una conversación pública y una etiqueta puede reunir miles de voces alrededor de una causa.
Pero este escenario también tiene dificultades. En las redes circula información falsa, contenido manipulado y mensajes que buscan enfrentar a las personas. Los problemas complejos se reducen a videos de pocos segundos y las discusiones públicas se convierten fácilmente en ataques personales. La rapidez con la que consumimos información puede impedirnos detenernos a preguntar si lo que vemos es verdadero, quién lo publica y con qué intención.
La democracia necesita una ciudadanía informada, pero también una ciudadanía dispuesta a escuchar. No todas las personas pensamos igual y esa diferencia no debería entenderse como una amenaza. Vivir democráticamente significa aceptar que existen distintas ideas, necesidades y formas de comprender el mundo. También implica aprender a debatir sin descalificar, defender una postura con argumentos y reconocer que ninguna persona tiene todas las respuestas.
Uno de los mayores riesgos de la desafección es que la desconfianza termine convirtiéndose en indiferencia. Cuando dejamos de participar porque creemos que nada cambiará, otras personas deciden por nosotros. La política no desaparece cuando la ciudadanía se aleja; simplemente queda en manos de grupos más pequeños. No interesarse por las decisiones públicas tampoco evita sus consecuencias: estas siguen afectando la seguridad, el transporte, la educación, el empleo, la salud y los servicios que recibimos.
El voto continúa siendo una herramienta importante, pero no es la única. La participación ciudadana también ocurre cuando preguntamos qué hacen nuestros representantes, exigimos transparencia, presentamos una propuesta, asistimos a una reunión vecinal o colaboramos con alguna organización. Participar es informarnos antes de compartir una noticia, escuchar a quienes viven una realidad distinta y defender los derechos propios y ajenos.
No obstante, recuperar la confianza juvenil no depende solamente de las y los jóvenes. Las instituciones y los partidos políticos deben preguntarse por qué tantas personas han dejado de creer en ellos. No basta con pedir participación; primero deben demostrar que están dispuestos a escuchar. Tampoco basta con incluir a jóvenes en fotografías, campañas o eventos simbólicos. Es necesario darles espacios reales de decisión y permitir que sus propuestas tengan consecuencias concretas.
Los gobiernos necesitan acercarse a la ciudadanía con claridad, rendir cuentas y ofrecer resultados. Los partidos deben dejar de buscar a las juventudes únicamente cuando necesitan votos. Las escuelas y universidades, por su parte, deben fortalecer la formación ciudadana, no para imponer una ideología, sino para enseñar a pensar críticamente, distinguir información confiable y participar de manera responsable.
La desafección juvenil debe entenderse como una llamada de atención. Si tantas personas jóvenes desconfían de la democracia, no podemos conformarnos con señalar su falta de interés. Debemos revisar qué está haciendo la democracia para representarlas, incluirlas y responder a sus necesidades. La confianza no se exige ni se recupera mediante discursos: se construye con congruencia, apertura y resultados.
Las juventudes no necesitan que se les diga constantemente que son importantes. Necesitan comprobar que su voz puede influir, que sus preocupaciones son legítimas y que existen caminos para transformar su entorno. También necesitan reconocer que la democracia, aunque imperfecta, puede ser defendida, cuestionada y mejorada mediante la participación ciudadana.
Quizá la pregunta no sea por qué las y los jóvenes dejaron de creer en la democracia. La pregunta que debería preocuparnos es qué hemos hecho, como instituciones y como sociedad, para que dejaran de confiar en ella. Responderla requiere escuchar sin prejuicios y aceptar que la democracia debe renovarse.
Todavía existe una oportunidad. La inconformidad juvenil puede transformarse en participación, vigilancia y propuestas. Para lograrlo, es necesario acercar la democracia a la vida cotidiana y demostrar que participar sí puede producir cambios. Porque una democracia sin jóvenes pierde fuerza, pero una juventud que reconoce el valor de su voz puede transformar no solamente el futuro, sino también el presente.


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