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Redes sociales y salud mental: el ataque en el CCH Sur y sus implicaciones.

La violencia impactó duramente al Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Sur de la UNAM esta semana. Jesús Israel, un estudiante de 16 años, fue asesinado por otro alumno que ingresó al plantel encapuchado y armado con un cuchillo. En el intento por detener al atacante, un trabajador de 65 años también resultó herido. El agresor, Lex Ashton, de 19 años, dejó además un rastro digital en redes sociales, donde se mostraba como un joven aislado y lleno de resentimiento, participando en foros incel —espacios en línea con discursos extremistas y misóginos—. Su comportamiento recordó al de autores de tiroteos escolares en EE. UU.

Poco antes del ataque, Ashton publicó imágenes en Facebook con una apariencia intimidante: llevaba una mascarilla de calavera, una sudadera con la palabra «bloodbath» (baño de sangre), y mostraba cuchillos, gas pimienta y una guadaña. Esa misma ropa aparece en videos del ataque que circulan en redes. Tras el hecho, intentó huir lanzándose de un edificio, lo que le causó fracturas en ambas piernas. Ahora está bajo investigación de la Fiscalía capitalina.

En sus publicaciones, Ashton expresaba una visión distorsionada del mundo, afirmando que personas como él estaban destinadas a “recoger la basura”. En un grupo de Facebook frecuentado por hombres con discursos misóginos, escribió que nunca había recibido afecto de una mujer y que no veía razón para seguir viviendo, pero que no se iría solo. Estas ideas reflejan las narrativas compartidas en comunidades incel, donde se usa lenguaje deshumanizante hacia mujeres (llamadas «foids») y se idealiza a los hombres populares («chads»).

Aunque México no tiene un historial de tiroteos escolares como EE. UU., sí existen precedentes alarmantes: en 2017 en Monterrey, y en 2020 en Torreón, adolescentes arremetieron contra sus compañeros tras anunciar sus planes en redes. Sin embargo, el ataque en el CCH Sur marca un episodio inédito en la UNAM por sus características.

Carlos Contreras, sociólogo de la UAM, advierte que este tipo de ataques pueden ser casos de «copycat» o imitación. Señala que la adolescencia es una etapa vulnerable, donde la falta de apoyo familiar o escolar puede llevar a los jóvenes a encontrar refugio en comunidades violentas que refuerzan sus frustraciones. Además, subraya que la pandemia agravó los problemas de salud mental entre los jóvenes, quienes rara vez reciben atención profesional, aunque los temas de ansiedad y depresión se discutan más, a menudo de manera superficial.

Para Contreras, es esencial crear políticas públicas que aborden seriamente la salud mental de los estudiantes. Muchos jóvenes buscan pertenecer y ser reconocidos; si los modelos de éxito social que consumen son violentos, pueden terminar replicando esos comportamientos.

El rector de la UNAM, Leonardo Lomelí, lamentó lo ocurrido y afirmó que la universidad tomará medidas para garantizar la seguridad de sus planteles. Para el sociólogo, más allá de las víctimas físicas, la comunidad estudiantil queda profundamente afectada por estos hechos, experimentando un trauma colectivo. No se trata de que los jóvenes normalicen la violencia —aclara—, sino que la han incorporado como parte cotidiana de su entorno. El reto, concluye, es transformar esa realidad a través de referentes positivos y políticas efectivas.

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