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Una computadora hecha de neuronas? La ciencia que parece ciencia ficción

Ciudad de México, 12 de febrero del 2026

Las biocomputadoras, dispositivos que combinan materia viva y materia inerte para realizar cálculos, están comenzando a abandonar los laboratorios especializados y a generar interés entre un público más amplio de investigadores y tecnólogos. Aunque aún no son una tecnología accesible ni generalizada, los primeros sistemas comerciales ya han abierto la puerta a experimentos que buscan aprovechar el enorme potencial de las neuronas como unidades de procesamiento.

A diferencia de las computadoras tradicionales basadas en silicio, las biocomputadoras utilizan organoides neuronales —pequeños cultivos de neuronas humanas derivadas de células madre— para ejecutar tareas específicas, combinando la eficiencia energética y la complejidad de los sistemas biológicos con la capacidad de control y comunicación de la computación digital.

Un ejemplo destacado es la biocomputadora CL1, desarrollada por los laboratorios australianos Cortical Labs y actualmente instalada en Europa gracias a la colaboración con la empresa Reply y la Universidad de Milán. La CL1 permite explorar cómo entrenar neuronas para realizar tareas concretas, como jugar al Pong o clasificar dígitos del 0 al 9, utilizando un sistema de recompensa y castigo que guía la actividad neuronal. Esta aproximación permite estudiar la plasticidad de las neuronas y su capacidad de aprendizaje en un entorno controlado, mientras se investiga cómo integrar estas capacidades en aplicaciones de computación más amplias.

El interés por la biocomputación se basa en la eficiencia energética y la complejidad de las neuronas. Un cerebro humano puede realizar tareas cognitivas complejas consumiendo apenas 20 vatios, un nivel de eficiencia inalcanzable para la mayoría de los sistemas digitales actuales.

Según expertos como Filippo Rizzante, director de tecnología de Reply, y Alberto Minetti, catedrático de Fisiología y Biomecánica, las neuronas pueden ejecutar cálculos complejos con un número de componentes mucho menor que las redes neuronales artificiales tradicionales, y su plasticidad permite que las conexiones se ajusten para optimizar el procesamiento de información. Esta capacidad convierte a los organoides en sistemas extremadamente eficientes y potencialmente escalables para tareas cada vez más complejas.

Desde el punto de vista técnico, una biocomputadora combina la materia viva —los organoides neuronales— con componentes físicos que permiten su control y comunicación. Los organoides se colocan sobre chips equipados con electrodos que envían señales de entrada y registran la actividad de salida, mientras que la infraestructura que los mantiene vivos controla temperatura, gases y nutrientes.

La CL1, por ejemplo, opera como una incubadora con conectividad digital que permite a los investigadores ajustar los estímulos aplicados a las neuronas y observar sus respuestas en tiempo real, como se hizo en los experimentos de Pong.

Más allá de los juegos y experimentos de laboratorio, las biocomputadoras tienen un enorme potencial clínico. La capacidad de entrenar neuronas humanas para ejecutar tareas concretas podría sentar las bases de nuevas interfaces cerebro-computadora (BCI), más precisas y fisiológicas que las disponibles hoy en día.

Stefania Corti, catedrática de Neurología, señala que este enfoque podría permitir el control de exoesqueletos o sistemas de comunicación para personas con discapacidades motoras o del habla, utilizando inteligencia biológica en lugar de inteligencia artificial basada en silicio. Esto podría ofrecer respuestas más naturales y una mayor complejidad de procesamiento.

Actualmente, los investigadores enfatizan que las biocomputadoras no reproducen un cerebro consciente, ni se acercan a la complejidad de la cognición humana. Los organoides son todavía pequeños, bidimensionales o tridimensionales, y solo contienen cientos de miles de neuronas, frente a los cientos de miles de millones de un cerebro humano.

Sin embargo, constituyen un laboratorio vivo para estudiar la comunicación neuronal, optimizar redes neuronales y explorar nuevas formas de computación eficiente. La biocomputación representa así un puente entre la biología y la tecnología digital, con aplicaciones que podrían transformar tanto la informática como la medicina, desde la investigación básica hasta herramientas de asistencia para personas con discapacidades.

En definitiva, la biocomputadora CL1 y proyectos similares muestran que la integración de neuronas vivas en sistemas computacionales no es solo posible, sino que ya ofrece resultados prácticos y medibles. Aunque estamos en las primeras etapas, estos experimentos prometen un futuro donde la eficiencia y la complejidad de la biología se unan a la precisión y el control de la tecnología, abriendo nuevas fronteras para la computación y la medicina del siglo XXI.

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