La muerte de Maricarmen Abascal, de 87 años, tras ser desalojada de la vivienda donde vivió durante décadas, reavivó en España el debate sobre la especulación inmobiliaria y el acceso a una vivienda digna. El 7 de octubre, más de 20 mil personas marcharon por Madrid para homenajearla y denunciar las consecuencias de los desahucios.
Organizaciones como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), el Sindicato de Inquilinas y la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía consideran que algunas muertes vinculadas a la pérdida de vivienda deben entenderse en el contexto de la presión sobre personas vulnerables. La APDHA utiliza el término “suicidios inducidos”, mientras activistas popularizaron la consigna “No son muertes, son asesinatos”.
El texto recuerda a Amaia Egaña, quien murió por suicidio en 2012 durante un intento de desalojo en Barakaldo. El caso tuvo repercusión y dio visibilidad al movimiento por la vivienda; posteriormente, el Gobierno anunció una moratoria de desahucios para hogares vulnerables. En 2016, la PAH difundió cartas de personas que se quitaron la vida ante la posibilidad de perder su hogar, incluida la de una mujer de Badajoz que afrontaba dificultades económicas tras la muerte de su esposo.
La problemática, también incluye la pobreza energética. Rosa Pitarch murió en un incendio en 2016 después de que le cortaran la electricidad por impago. Un estudio de la Asociación de Ciencias Ambientales citado en la nota estima que este problema causa unas 7 mil muertes prematuras al año en España. Además, cada seis días muere una persona sin hogar en el país.
La marcha en memoria de Maricarmen partió de la Puerta del Sol y concluyó cerca de su antigua vivienda, en el barrio del Retiro. Los asistentes corearon consignas contra los desahucios y levantaron altares con flores, veladoras y mensajes. Activistas y vecinos prometieron continuar la movilización, al considerar que la vivienda se ha convertido en un negocio que desplaza a residentes y favorece la especulación. Para el movimiento, Maricarmen simboliza una crisis cuyos afectados rara vez reciben atención pública.



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