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 ¿Desde cuándo nos besamos en la boca? estudios nos dan pistas sobre la evolución del comportamiento 

Ciudad de México, 20 de noviembre del 2025

Un nuevo estudio sugiere que el acto de besarse podría ser muchísimo más antiguo de lo que se pensaba. Aunque los primeros registros escritos de besos humanos aparecen hace unos 4.500 años en Mesopotamia y el Antiguo Egipto, una investigación liderada por Matilda Brindle, bióloga evolutiva de la Universidad de Oxford, plantea que este comportamiento podría remontarse a entre 21 y 17 millones de años, hasta los ancestros comunes de los grandes simios.

Brindle explica que el beso plantea un verdadero “enigma evolutivo”: implica riesgos como la transmisión de enfermedades, sin beneficios reproductivos o de supervivencia inmediatos. Sin embargo, es un comportamiento extendido entre diversas especies de primates, lo que apunta a que podría ser un rasgo profundamente arraigado en nuestra historia evolutiva.

Como no puede detectarse en el registro fósil, el equipo recurrió a datos de primates modernos —chimpancés, bonobos, orangutanes y una especie de gorila— observados besándose en contextos no agresivos que no incluyen intercambio de comida.

Con esta información realizaron un análisis filogenético que permite inferir comportamientos ancestrales basándose en relaciones genéticas entre especies. Mediante modelos estadísticos simulados millones de veces, pudieron estimar la probabilidad de que distintos ancestros simios practicaran el beso.

Los resultados, publicados en Evolution and Human Behavior, indican que el beso podría haber surgido en un ancestro común de los grandes simios hace más de 20 millones de años. Esto implica que especies humanas extintas, como los neandertales, probablemente también se besaban, e incluso es posible que humanos modernos y neandertales compartieran este tipo de contacto íntimo.

No obstante, el estudio no esclarece por qué evolucionó el beso ni cuáles fueron sus funciones originales. Brindle señala que podría servir para evaluar parejas, fortalecer vínculos, facilitar la reconciliación social o formar parte del juego previo. Pero aún faltan datos sobre su presencia en otras especies más allá de los simios, especialmente en animales no observados en cautiverio.

Además, el beso no es universal en las culturas humanas: solo el 46 % de las sociedades lo practica de forma romántica. Esto sugiere que, aunque tenga raíces evolutivas profundas, no es un comportamiento indispensable y puede desaparecer si deja de ser funcional o presenta más riesgos que beneficios.

El estudio abre así una nueva puerta a la comprensión de la intimidad humana desde una perspectiva evolutiva, pero deja abiertas preguntas fundamentales sobre el origen, el significado y la diversidad del acto de besar.

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