Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.
Esta semana, tras la detención de “El Mencho”, las noticias se multiplicaron. Videos, análisis, especulaciones, imágenes violentas circulando sin filtro en redes sociales. Para mucha personas adultas fue un episodio más dentro de la larga historia de violencia que atraviesa al país. Para mi hijo de diez años, fue otra cosa.
Llegó a la escuela y escuchó a sus compañeros y compañeras hablar del tema. Nombres, balaceras, historias exageradas, teorías repetidas desde TikTok o YouTube. Lejos de sorprenderse, se atemorizó. Esa noche le costó conciliar el sueño. Al día siguiente su algoritmo ya estaba inundado de videos relacionados. Sabemos cómo funcionan las redes: basta una búsqueda para que el contenido se multiplique.
Yo no había hablado del tema en casa. No por negación, sino por convicción. Hay cosas que no corresponden a la infancia. Cuando me preguntó si eso significaba vivir en un “mundo color de rosa”, le respondí que no. Que no se trata de negar la realidad, sino de reconocer que su derecho como niño es otro: preocuparse por sus tareas, por jugar, por reírse con sus amigos y amigas, por crecer sano. Su derecho es desarrollarse sin cargar con el peso del miedo adulto.
Hoy su maestra habló conmigo. Me explicó que los niños y niñas siguen hablando del tema en el salón y que él continúa sintiendo temor. Les pidió a los demás dejar de tocar el asunto: “no son cosas de niños”, les dijo. Y también le recordó a mi hijo que en la escuela está cuidado, igual que en casa.
Ese gesto me conmovió. Porque en medio de un país donde la violencia se ha vuelto conversación cotidiana, todavía hay personas adultas que entienden que proteger la infancia no es mentirles, sino filtrar el mundo a la medida de su edad.
Hemos normalizado tanto la violencia que olvidamos el impacto que tiene en quienes apenas están entendiendo cómo funciona el mundo. Las personas adultas aprendimos —malamente— a procesar titulares sobre detenciones, enfrentamientos o crimen organizado. Pero las infancias no tiene las herramientas emocionales para hacerlo. Para ellas no es un análisis político; es miedo concreto, imágenes que no se borran, preguntas sin respuestas claras.
Y lo más preocupante es que hoy la exposición no depende solo de la televisión. Los algoritmos amplifican, repiten y dramatizan. Lo que inicia como curiosidad termina convertido en una cascada de contenido que invade la pantalla y la mente.
Proteger la infancia no es aislarla del país en el que vive. Es reconocer que el Estado ha fallado en garantizar seguridad, pero que como madres, padres, personas cuidadoras y docentes aún podemos defender algo esencial: el derecho de las niñas y los niños a una infancia sin terror.
No, no se trata de un mundo color de rosa. Se trata de un principio básico: la violencia no puede ser parte del paisaje emocional de una infancia de diez años.
Si algo debería indignarnos de estos hechos no es solo la disputa criminal o la narrativa política. Es que nuestros hijos e hijas4 tengan que aprender demasiado pronto palabras que no deberían formar parte de su vocabulario.
La infancia no es ignorancia. Es un derecho. Y protegerla, en tiempos como estos, es también una forma de resistencia.













