La universidad sigue siendo una promesa

Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.

La próxima semana, miles de estudiantes llenaran otra vez los pasillos de muchas universidades. Algunas personas regresarán con la tranquilidad de quien ya conoce el camino; otras con la emoción, y también los nervios, de comenzar una etapa completamente nueva. Porque ingresar a la universidad nunca es un trámite más. Para muchas familias representa la posibilidad de cambiar su historia.

Muchas de las y los jóvenes que ocuparán un aula el próximo semestre serán las primeras personas de su familia en cursar una licenciatura. Parece un dato sencillo, pero no lo es. Significa abrir un camino que nadie había recorrido antes. Significa aprender un lenguaje nuevo, descubrir cómo funciona la vida universitaria y, en muchos casos, hacerlo sin que alguien en casa pueda orientar ese proceso porque nunca tuvo la oportunidad de vivirlo.

Llegar hasta ahí ya es un logro. Permanecer suele ser el desafío más grande.

Hay estudiantes que trabajan al terminar sus clases para pagar el transporte, los materiales o sus cuotas. Hay quienes invierten varias horas al día en traslados porque viven lejos de los campus. Otras personas combinan sus estudios con responsabilidades de cuidado, con un empleo de tiempo parcial o con situaciones económicas que ponen en duda, semestre tras semestre, la posibilidad de continuar.

Por eso, abandonar la universidad casi nunca responde a una falta de capacidad. Con frecuencia es el reflejo de desigualdades que comenzaron mucho antes del primer día de clases.

Y después aparece otro reto del que se habla poco: encontrar un espacio en el mercado laboral.

Durante muchos años se creyó que obtener un título universitario era suficiente para asegurar estabilidad económica y mejores oportunidades. Hoy esa promesa ya no es tan clara. Cada vez hay más profesionistas compitiendo por las mismas vacantes, personas egresadas que aceptan empleos por debajo de su preparación o que tardan meses, incluso años, en ejercer aquello para lo que se formaron.

Eso no significa que estudiar una carrera haya perdido valor.

Significa que el país tiene una deuda con quienes hacen el enorme esfuerzo de llegar a la educación superior. Porque no basta con ampliar el acceso a las universidades públicas; también hace falta generar condiciones para que el conocimiento encuentre oportunidades reales de desarrollo profesional.

Al mismo tiempo, las universidades enfrentan un reto igual de importante. Además de formar profesionistas competentes, necesitan formar ciudadanía: personas capaces de dialogar, cuestionar, investigar, innovar y participar en la construcción de una sociedad más democrática e incluyente.

La próxima semana volverán las clases, las aulas llenas, las cafeterías con largas filas y la emoción del primer día. Ojalá también regrese una conversación que sigue siendo necesaria: cómo lograr que ninguna persona abandone sus estudios por falta de oportunidades y cómo hacer que el talento encuentre un lugar cuando llegue el momento de incorporarse al mundo laboral.

Porque detrás de cada estudiante que entra a una universidad pública hay mucho más que un proyecto personal. Hay una familia que apuesta por un futuro distinto. Hay una comunidad que deposita su confianza en la educación. Y hay un país que todavía tiene la responsabilidad de demostrar que el esfuerzo, el conocimiento y el mérito siguen siendo el mejor camino para construir una vida con mayores oportunidades.

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