El presidente Donald Trump anunció el despliegue de 800 elementos de la Guardia Nacional y tomó control federal de la policía de Washington, D.C., bajo el argumento de frenar una supuesta “ola de anarquía”. El problema: los datos contradicen esa narrativa. La capital de Estados Unidos alcanzó en 2024 su nivel más bajo de crimen violento en 30 años, y en lo que va de 2025, los delitos han caído otro 26%. Acompañado por su gabinete de seguridad, Trump insistió en que la ciudad ha sido “tomada por bandas sedientas de sangre”, mientras la alcaldesa Muriel Bowser lo desmintió rotundamente. Analistas y críticos apuntan que esta ofensiva es parte de su estrategia para centralizar el poder en ciudades demócratas y justificar medidas de corte autoritario. La medida revive tensiones previas, como cuando desplegó a 5 mil soldados en Los Ángeles ante protestas por sus redadas migratorias. Ahora, el presidente enfrenta incluso una demanda federal en San Francisco por utilizar tropas sin aprobación estatal. La militarización de Washington, donde Trump tiene autoridad directa sobre la Guardia Nacional, abre un nuevo capítulo en su cruzada por dominar territorios adversos, aunque los números no le den la razón.


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