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Vamos a tener una charla incómoda.

Hablemos de la mujer que cruza la calle con su hija corriendo detrás para alcanzar el camión. Lleva a cuestas la bolsa del mandado, una mochila pequeña y su uniforme. La niña va cansada y, si no la carga en brazos, seguro no llegan y tendrán que esperar dos horas más el camión.

A medio cruce, un carro se les echa encima, les pita y grita improperios, asustando a la niña… y el camión se va, junto con el bono de puntualidad de su trabajo.

Hablemos también de la mujer de 82 años que tiene que cuidar a su esposo de 86, diabético, con un par de dedos amputados y en riesgo de infarto. Aprovechó la vuelta al médico con su esposo para revisarse las llagas en sus piernas, que ahora sí son insoportables. Le recomendaron descanso y levantar las piernas al menos un par de horas, tres veces al día… ya no puede caminar del dolor, pero si ella no se levanta, nadie les acercará el desayuno por la mañana.

Un hombre sale a trabajar; en su mochila lleva el lonche que su madre le preparó y el llavero de superhéroe que su hija, que va al kínder, le regaló en su cumpleaños. Lleva tanta prisa que ni siquiera notó que su esposa y su hija ya habían salido de casa.

Al final del día, todas y todos coinciden en el mismo hogar. Ellas preparan la cena, mientras ellos esperan poder saciar su hambre tras un día complicado. La mujer mayor acerca los últimos medicamentos del día a su esposo y el vaso con… ¡olvidó el vaso con agua en la cocina! Regresa por él… La madre de la niña inicia el peregrinar de cada noche: convencerla para bañarse, encontrar los zapatos del uniforme en algún rincón de la casa, supervisar que se lave los dientes y acostarla. Después se levanta con sigilo, termina de limpiar y llega a la cama. Suspira hondo y logra conciliar apenas cuatro horas de sueño.

Pareciera que no hay nada incómodo en esto, y más de una persona dirá que tampoco nada inusual: “lo normal”, lo que ocurre cada día en miles de familias en todo el mundo.

Pero la XVI Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, celebrada este mes en la Ciudad de México,reveló esto: el 74 % del trabajo de cuidados no remunerado recae en mujeres. Esto quiere decir que las mujeres dedican en promedio tres veces más tiempo que los hombres a cuidar a otras personas, prepararles su comida, velar por su salud, llevarlas a la escuela, acompañarlas al médico, organizar las tareas, etcétera.

Y tres veces más tiempo significa tres veces más esfuerzo, tres veces menos dinero, tres veces más cansancio, tres veces menos autocuidado y, por lo tanto, tres veces más vulnerabilidad… pero el 74 % no es solo tres veces más: es explotación sistemática disfrazada de cotidianeidad.

La pregunta incómoda es: si cuidar debe ser responsabilidad compartida, ¿por qué seguimos permitiendo que sean casi siempre las mujeres quienes carguen con el mundo?

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