Por: Rafael Páramo.
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Estados Unidos repetía como mantra una frase que sonaba firme, casi moral. “No negociamos con terroristas”. Era el argumento para justificar guerras, invasiones y decisiones que marcaron generaciones. Hoy, esa frase no sólo perdió fuerza, perdió la poca coherencia que pudo llegar a tener.
Porque mientras el presidente Donald Trump celebraba un acuerdo con Irán que prometía un alto al fuego en una de las regiones más tensas del mundo, su principal aliado en Medio Oriente lanzaba un ataque sobre Líbano con más de 160 bombas en apenas 10 minutos. Diez minutos. El tiempo que dura un café, una llamada, un trayecto corto. Suficiente para devastar comunidades enteras. La contradicción es brutal.
Por un lado, se construye una narrativa de negociación, de diplomacia, de contención. Por otro, se ejecutan acciones que dinamitan cualquier intento de estabilidad. Y en medio de esa doble cara, lo que queda es una pregunta incómoda: ¿qué significa hoy “defender la libertad y la democracia”?
Porque si a esto se suma lo que ocurre en Gaza —donde las denuncias internacionales ya no sólo hablan de conflicto, sino de un genocidio— el discurso de “llevar libertad al mundo” pierde la mínima justificación evidenciando que sólo se trata de los intereses de unos cuantos por encima de la cultura, los recursos y la vida de millones.
Durante décadas, Estados Unidos construyó su papel global bajo la idea de ser garante del orden internacional, promotor de derechos humanos, defensor de la democracia. Pero ese papel depende de algo fundamental como la legitimidad. Y la legitimidad no se impone. Se construye. Y también se pierde.
Cada bombardeo que contradice un discurso diplomático, cada aliado que actúa con impunidad, cada doble estándar en la aplicación del derecho internacional, erosiona esa legitimidad. No de golpe, sino poco a poco. Como una grieta que se ensancha hasta que ya no se puede ignorar. Pero ojo, que hoy el problema no es sólo geopolítico. Es humano.
Porque detrás de cada cifra hay vidas. Familias. Historias que no entran en los comunicados oficiales. Y mientras las potencias discuten estrategias, quienes viven en esas regiones no están pensando en equilibrios de poder. Están pensando en sobrevivir. Ahí es donde todo discurso se rompe.
La gente no quiere guerra. No quiere ser pieza en un tablero donde las decisiones se toman a miles de kilómetros de distancia. No quiere que su vida dependa de una negociación que puede celebrarse en la mañana y desmoronarse en la noche. Y sin embargo, el ciclo se repite. Se negocia, se anuncia, se celebra… y se bombardea.
La ironía es evidente. Aquella frase de “no negociamos con terroristas” se utilizó para justificar intervenciones militares en distintos países. Hoy, la realidad muestra algo distinto: se negocia cuando conviene y se ataca cuando también conviene. La línea moral está más erosionada que nunca.
Eso no sólo afecta la percepción global de Estados Unidos. Afecta la credibilidad del sistema internacional en su conjunto. Porque si las reglas cambian según el actor, dejan de ser reglas. Y cuando eso pasa, el mensaje para el resto del mundo es muy peligroso: la fuerza sigue siendo el lenguaje dominante.
En ese contexto, la pregunta no es si habrá más conflictos, la pregunta es cuánto más puede sostenerse un discurso que ya no coincide con los hechos. Porque al final, más allá de ideologías, banderas o alianzas, hay algo que sigue siendo evidente: la gente no quiere guerra. Quiere vivir. Y cada vez que una bomba cae, esa aspiración básica se vuelve más lejana.







