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Otra cara del Día de las Madres.

Por: Laura Campos.

Se acerca el Día de las Madres y, como cada año, las vitrinas se llenan de flores, perfumes y frases sobre el amor incondicional. Pero hay muchas maternidades, y muchas de ellas no caben en esas postales. Hay unas maternidades que no celebran en calma, porque viven entre expedientes, audiencias y resoluciones que nunca llegan a tiempo.

Son las madres cuya vida ha sido judicializada.

Custodia, pensión alimenticia, regímenes de convivencia, incumplimientos. Términos legales que, en teoría, buscan garantizar derechos, pero que en la práctica muchas veces se convierten en una carga adicional. Porque mientras el sistema avanza lento, la vida cotidiana no se detiene.

Las infancias siguen necesitando desayuno cada mañana, tareas revisadas, uniformes listos, contención emocional, respuestas a preguntas difíciles. Siguen necesitando estabilidad, incluso cuando el entorno está atravesado por la incertidumbre. Y en medio de ese esfuerzo por sostener su mundo, también está el desgaste de quien cuida: el cansancio, la preocupación constante, la presión económica.

Ser madre en un proceso judicial implica habitar dos tiempos distintos: el del expediente, marcado por plazos, audiencias y trámites, y el de la crianza, que no admite pausas.

Hay días en los que una audiencia marca el ritmo de la jornada, pero al salir hay que llegar a la escuela, preparar la comida, escuchar lo que pasó en el día. Hay momentos en los que una notificación altera el ánimo, pero aun así se sostiene la rutina para no desestabilizar a quienes dependen de ella. Porque en medio del conflicto, proteger la infancia sigue siendo prioridad.

Y ese esfuerzo casi nunca se nombra.

Pocas veces se habla del costo emocional de estos procesos. Del desgaste económico que implica sostener una defensa legal. De la energía que se invierte en exigir derechos que deberían ser garantizados sin necesidad de litigio. De las noches sin descanso, de las cuentas que no alcanzan, de la sensación de estar atrapadas en una lucha prolongada.

A eso se suma una exigencia silenciosa: mantener el equilibrio emocional de las hijas y los hijos. Evitar que carguen con tensiones que no les corresponden. Preservar, en la medida de lo posible, una infancia estable en medio de la disputa adulta.

Es una forma de resistencia cotidiana.

Este Día de las Madres también debería reconocer a quienes maternan desde un juzgado. A las que han tenido que aprender de leyes sin buscarlo. A las que sostienen la vida mientras enfrentan procesos que desgastan. A las que, aun en medio del conflicto, continúan garantizando cuidados, afecto y presencia.

No todas las maternidades se celebran con flores.Algunas se sostienen con una fuerza silenciosa, con una constancia que no descansa, con una capacidad de seguir adelante incluso cuando el sistema no acompaña. Y aunque muchas veces la justicia tarda, y el camino se vuelve cuesta arriba, hay algo que permanece firme:

La decisión de seguir cuidando, incluso cuando cuidar también implica resistir.

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