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Escuchar a la infancia

Por: Laura Campos.

Cada 30 de abril abundan los festivales escolares, los regalos, los mensajes sobre la alegría de ser niñas y niños. Pero el Día del Niño y la Niña debería ser algo más que una celebración: debería ser una oportunidad para preguntarnos cómo estamos garantizando sus derechos y, sobre todo, cuánto seguimos decidiendo por ellas y ellos sin escucharles.

Porque aunque hablamos de la infancia como “el futuro”, con demasiada frecuencia le negamos su lugar en el presente.

Vivimos en una sociedad profundamente adultocentrista. Eso significa que las decisiones públicas suelen pensarse desde las prioridades, tiempos e intereses de las personas adultas, incluso cuando afectan directamente a niñas, niños y adolescentes. Diseñamos ciudades sin espacios seguros para jugar, sistemas educativos donde rara vez se escucha su voz, presupuestos que no siempre priorizan su bienestar, políticas públicas que hablan de ellas y ellos, pero pocas veces con ellas y ellos.

Y las consecuencias son concretas.

En México, millones de niñas y niños viven en condiciones de pobreza; muchas infancias enfrentan inseguridad alimentaria, rezago educativo y acceso desigual a servicios de salud. Persisten formas graves de vulneración como el trabajo infantil, la violencia en el hogar, el abuso sexual, el reclutamiento por grupos delictivos y los matrimonios o uniones tempranas que afectan especialmente a niñas.

La violencia, además, atraviesa la infancia de formas cotidianas que hemos normalizado demasiado: castigos físicos, humillaciones, acoso escolar, exposición temprana a violencias que ningún niño debería procesar.

Y hay algo que rara vez se señala: muchas políticas hacia la infancia siguen construidas desde una lógica tutelar, no de derechos. Se les ve como personas a proteger —que por supuesto deben ser protegidas—, pero no como sujetas y sujetos con voz, opinión y agencia.

Ese es el núcleo del problema adultocentrista.

Pensamos que escuchar a la infancia es una concesión, cuando en realidad es un derecho reconocido. Niñas y niños tienen derecho a participar en decisiones que afectan su vida. Pero ¿cuántas veces se les consulta sobre los espacios públicos que usan? ¿Sobre sus escuelas? ¿Sobre la violencia que viven? ¿Sobre lo que necesitan para sentirse seguras y seguros?

Pocas.

Y sin embargo, tienen mucho que decir.

Quienes convivimos con infancias sabemos que observan con profundidad, cuestionan con honestidad y entienden más de lo que solemos asumir. No necesitan ser tratadas como ciudadanas del mañana; lo son hoy.

Desde una perspectiva de derechos humanos, hablar del Día del Niño y la Niña no debería reducirse a celebrar la ternura, sino a reconocer una deuda. Porque una sociedad que no pone a la infancia en el centro de sus decisiones no solo falla en protegerla: falla en imaginar un futuro más justo.

Urge dejar atrás la mirada que infantiliza a las infancias.

Pensar políticas públicas con enfoque de niñez significa invertir en cuidados, en salud mental, en educación libre de violencias, en ciudades jugables, en participación infantil. Significa dejar de preguntarnos solo qué necesitan las niñas y los niños, para empezar a preguntarles.

Celebrarles importa. Escucharles, mucho más.

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