Luis Estrada, el renombrado director de El Infierno y La Ley de Herodes, regresa con una nueva propuesta en formato de miniserie: Las Muertas, producción de Netflix basada en la novela homónima de Jorge Ibargüengoitia.
Aunque presentada como una obra de ficción, la historia toma como base uno de los crímenes más escalofriantes del siglo XX en México: el caso de “Las Poquianchis”, un grupo de hermanas que durante dos décadas explotaron y asesinaron a decenas de mujeres bajo el disfraz de casas de prostitución.
Esta historia estremeció al país cuando se descubrió el rancho en Guanajuato donde enterraron a sus víctimas: niñas, adolescentes y mujeres jóvenes, muchas de ellas engañadas o secuestradas, obligadas a prostituirse y finalmente asesinadas. Fue este hecho el que inspiró a Ibargüengoitia para escribir Las Muertas, obra que ya tuvo una adaptación al cine a cargo de Felipe Cazals. Ahora, es el turno de Estrada.
¿De qué trata Las Muertas en su versión de Netflix?
La miniserie se estructura en torno a dos ejes narrativos. El primero explora la tormentosa relación amorosa entre Serafina y Simón, marcada por abandonos, manipulaciones y una lucha de poder. El segundo gira en torno a las hermanas Baladro, quienes construyen un imperio de prostíbulos que las conecta con figuras del poder: policías, militares y políticos.
Ambas líneas narrativas se entrelazan en una espiral de tragedia familiar y corrupción institucional —temas recurrentes en la obra de Estrada— hasta desembocar en la violencia extrema y la caída de las protagonistas.
Como es habitual, el director trabaja con actores ya conocidos en su filmografía: Alfonso Herrera (La Dictadura Perfecta), Joaquín Cosío (El Infierno), Leticia Huijara y Tony Dalton, junto a nuevas incorporaciones como Arcelia Ramírez (en el papel de Arcángela), Paulina Gaitán (Serafina) y Mauricio Isaac (La Calavera).
Las Poquianchis: el oscuro caso real que inspiró la ficción
Las hermanas González Valenzuela —Delfina, Carmen, María Luisa y María de Jesús— crecieron bajo el yugo de un padre violento, lo que las llevó a abandonar su hogar y, más tarde, adoptar el apellido Baladro. Comenzaron en el negocio de la prostitución en Jalisco y luego expandieron sus operaciones a Guanajuato, donde captaban, endeudaban y explotaban a mujeres jóvenes.
Contaron con la protección de figuras del poder, lo que les permitió operar durante años sin consecuencias. En los años 50, pese a la prohibición de la prostitución, continuaron en la clandestinidad, respaldadas por militares y autoridades corruptas.
Finalmente, fueron detenidas por cargos menores, pero una investigación posterior reveló los asesinatos de al menos 90 mujeres, aunque algunas estimaciones sugieren que las víctimas podrían superar el centenar.








