Por Laura Campos Guido – @laura_camposguido
Conmemoramos un aniversario más de la Independencia de México, ese movimiento que rompió cadenas coloniales pero que dejó intactas, durante siglos, otras cadenas invisibles: las que limitaron a las mujeres a la sombra de la historia oficial. Hoy, sin embargo, la celebración adquiere un nuevo significado. Por primera vez, el Grito de Independencia lo encabeza una presidenta de México. Una mujer en el balcón principal de Palacio Nacional, ocupando un lugar que hasta ahora solo se había reservado a los hombres. La escena es histórica no solo por la efeméride, sino por la potencia simbólica que encierra: la Nación reconoce como su máxima autoridad a una mujer.
La presencia de la presidenta es un recordatorio de que las luchas por la igualdad política no han sido concesiones gratuitas, sino resultado de décadas de organización, resistencia y exigencia feminista. No es un “accidente” ni un gesto de buena voluntad del sistema, sino el fruto de una batalla que obligó a abrir las puertas de la política a quienes por tanto tiempo se les dijo que no podían estar ahí.
Sin embargo, mientras el país celebra este momento histórico, en Nuevo León la discusión política parece atascada en los viejos temores. La propuesta de obligar a los partidos a registrar únicamente mujeres como candidatas al gobierno del estado en 2026 ha despertado un rechazo inmediato de muchos actores políticos en el estado. Los argumentos se disfrazan de defensa de la democracia y la libertad de elección, pero en realidad lo que se resiente es la posibilidad de que las reglas del juego cambien para garantizar que una mujer llegue a un espacio históricamente monopolizado por los hombres.
¿De qué democracia hablamos cuando se objeta la paridad como “imposición”? ¿Acaso no ha sido la política mexicana una imposición masculina durante más de dos siglos? Las candidaturas y los cargos no han sido un campo neutral, sino un terreno colonizado por pactos de poder patriarcales. Y ahora que se plantea equilibrar esa balanza, quienes nunca cuestionaron los privilegios masculinos se rasgan las vestiduras en nombre de la libertad.
La resistencia en Nuevo León evidencia que la independencia simbólica de las mujeres aún no se ha conquistado del todo. Tener una presidenta abre horizontes, pero no garantiza por sí misma que los espacios estatales y locales dejen de ser fortaleza de los hombres. Lo que molesta a muchas personas es que el futuro próximo podría pintarse con más gobernadoras, más alcaldesas, más congresos paritarios que no dependan de “excepciones” o de figuras excepcionales, sino de reglas claras que reconozcan que la mitad del país somos mujeres.
Hoy, la independencia de México se resignifica. No basta recordar a las figuras de bronce ni a las campanas de Dolores; toca preguntarnos qué significa, en pleno siglo XXI, la libertad y la igualdad. Una presidenta da un paso gigante en esa respuesta. Pero la verdadera independencia será cuando los estados, incluidos los más reticentes como Nuevo León, entiendan que la democracia sin mujeres plenas no es democracia.








