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Educar para no evadir.

Por Dinorah Moreno.

El mundo adulto suele observar a la Generación Z con desconcierto: crecieron en un entorno completamente digitalizado y, aun así, muestran una marcada desconfianza hacia partidos políticos, instituciones y liderazgos tradicionales. Lejos de tratarse de apatía, esta actitud refleja una forma distinta de relacionarse con la política. Para muchos jóvenes, los partidos representan estructuras desgastadas, asociadas con corrupción, ineficiencia y falta de representación. La distancia que mantienen no es indiferencia, sino una respuesta crítica ante un sistema que perciben como cerrado y poco prometedor para su futuro. A esto se suma una realidad económica adversa, donde predominan empleos inestables y salarios insuficientes que dificultan alcanzar la independencia.

Frente a este panorama, las nuevas generaciones han optado por transformar su inconformidad en formas innovadoras de participación. Cuando no encuentran cabida en los espacios institucionales, crean los suyos propios en plataformas digitales como TikTok, Twitch o comunidades en línea. En estos entornos, la cultura pop se convierte en un vehículo de expresión política, mientras que las redes sociales funcionan como espacios de organización y debate. A través de hashtags convocan movilizaciones, impulsan causas sociales, difunden información mediante contenidos accesibles y participan activamente en discusiones en tiempo real. Este tipo de activismo digital no sustituye la acción tradicional, sino que la complementa y amplía.

La Generación Z no es homogénea, pero comparte un cansancio generalizado frente a la corrupción y las promesas incumplidas. En ocasiones, esto se traduce en la expectativa de soluciones rápidas o figuras que aparenten resolver problemas complejos. Sin embargo, también se caracteriza por su capacidad crítica: no dudan en cuestionar movimientos o líderes cuando sienten que no cumplen con sus expectativas, y están dispuestos a redirigir su apoyo hacia otras alternativas. Comprender su postura implica escuchar sus experiencias, reconocer las condiciones que enfrentan y aceptar que su manera de participar redefine las formas tradicionales de hacer política.

En última instancia, esta desconfianza puede interpretarse como una oportunidad. Al demandar mayor transparencia, inclusión y estructuras más horizontales, la Generación Z pone en evidencia que la política no debe ser exclusiva de quienes la ejercen profesionalmente. Su cuestionamiento a las élites abre espacio a nuevas voces, lenguajes y formatos de participación. Si las instituciones no logran integrarlos, ellos seguirán construyendo sus propios canales de expresión. La cuestión, entonces, no es por qué desconfían, sino si el sistema democrático será capaz de transformarse para incorporarlos.


Además, es importante reconocer que esta generación ha crecido en un contexto marcado por crisis constantes: desde cambios climáticos evidentes hasta incertidumbre económica y transformaciones tecnológicas aceleradas. Este entorno ha moldeado una conciencia social más aguda y una sensibilidad particular hacia temas como la sostenibilidad, la equidad y los derechos humanos. Por ello, su participación política no siempre se canaliza a través de los mecanismos tradicionales, sino mediante causas específicas que consideran urgentes y cercanas a su realidad cotidiana.

Finalmente, el reto no solo recae en la Generación Z, sino también en las instituciones y generaciones anteriores. Adaptarse a nuevas formas de comunicación, abrir espacios reales de participación y reconstruir la confianza son tareas indispensables para fortalecer la vida democrática. Ignorar o descalificar estas nuevas expresiones políticas solo profundiza la brecha. En cambio, reconocerlas y dialogar con ellas puede ser el primer paso para construir un sistema más representativo, dinámico y acorde a los desafíos del presente.

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