Por: Joshua Hernández.
Este sábado, la plancha del Zócalo presenció dos manifestaciones. Una, constituida por jóvenes que no se sienten representados en el gobierno y que actuaron en consecuencia: protestaron, lanzaron consignas y se enfrentaron a la Policía capitalina a escasos metros de la puerta de Palacio Nacional. Otra, integrada por un grupo de ultraderecha reaccionaria y defensora de las élites. A este segundo grupo sólo le dedicare una línea: todos los vimos desfilar con su clasismo, racismo, aporofobia y desprecio por la 4T, no son novedad y no sirve que quieran perfilar a Ricardo Salinas Pliego (o cualquier otro empresario) como candidato a la presidencia por el PAN. El otro grupo, sin embargo, merece ser observado y objeto de un análisis mayor.
Lejos de entrar al debate sobre si era la Generación Z legítima o la “Generación Z de viejitos”, me parece que eran un número poco nutrido de jóvenes que, a sabiendas de la presencia de los fachos de toda la vida, no desaprovecharon la oportunidad para salir a las calles y expresar su inconformidad contra la administración federal. Es decir, existe un grupo de personas en México que, con tal de expresar su descontento, poco les importa compartir piso con personas como Vicente Fox o los lacayos de Ricardo Salinas y eso es grave.
Se entiende que por ser jóvenes, las personas se puedan tomar la licencia de cometer errores; no obstante, el incursionar a una serie de manifestaciones que cuenten con visto bueno de Claudio X. González, Ricardo Salinas, Vicente Fox, Lorenzo Córdova, Jesús Zambrano, Lilly Téllez, etc. abre la puerta a que, al momento de formalizar las insurrecciones como movimiento, sindicato o cualquier otra forma de concatenación formal, estos personajes se sumen o que, en su defecto, envíen heraldos de sus intereses corporativos para enquistarse entre sus filas y, conforme crezca esto que está naciendo, le brote un tumor fascista.
Si bien la sociedad mexicana se ha educado mucho en materia política durante los últimos años, existen multitudes de jóvenes que están formando un criterio político en estos momentos y, hasta ahora, sostienen que la Transformación no ha llegado al fondo de las carencias sociales. Si se coincide o no con este criterio, no es objeto de esta columna —tiempo al tiempo—, el objeto de este texto es sentenciar que sí existen jóvenes que exigen cambios más rápidos y radicales de los que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum Pardo han conseguido. Y para ello, sólo falta prestar atención a las nuevas consignas de esta generación: jornada laboral de 40 horas semanales ya (no en tres años ni en seis), terminar con la crisis de vivienda (no nada más promover casas o departamentos populares, sino ir de fondo contra el mercado inmobiliario, la gentrificación y garantizar servicios y accesibilidad), terminar relaciones diplomáticas y comerciales con Israel (no nada más solidarizarse con Gaza a través de X), una política de redistribución que no sea indulgente con los superricos de México y priorizar el ambiente que al comercio.
Todos estos elementos (y los que se sumen) deben de ser tomados en cuenta, para explorar nuevas posibilidades y sumarlos a la lucha de clases, paridad de género, reivindicación de los pueblos originarios, defensa de los territorios, soberanía y dignidad. No nada más descalificarlos por el arribismo fascista que se hizo presente, porque la alternativa es retroceder en materia de derechos humanos y de combate a la pobreza.








