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La nueva normalidad: Más de un millón de muertos.

Por: Roberto Alfonso Gallardo Galindo.

Las cifras de muertes en exceso en México deberían ser un escándalo, pero estamos anestesiados.

Distintos análisis basados en registros nacionales estiman que entre 2020 y 2022, por la pandemia de COVID, hubo alrededor de 788,000 muertes en exceso en el país, es decir, fallecimientos adicionales a los esperados en condiciones normales. (arXiv) No se trata solo de personas que murieron directamente por el virus, sino también de quienes no recibieron atención médica, de quienes quedaron fuera del sistema saturado y de quienes murieron en medio del colapso sanitario. Aun así, la cifra se convirtió en un dato más, absorbido por el flujo informativo, como si la desaparición de casi ochocientas mil personas pudiera procesarse sin consecuencias emocionales ni sociales profundas.

A esa tragedia se suma la violencia sostenida desde la llamada “guerra contra el narco”. Desde 2006, México ha acumulado más de 431,000 homicidios dolosos y alrededor de 94,000 personas desaparecidas hasta 2023, de acuerdo con datos oficiales recopilados por instituciones estadísticas y registros nacionales. (Excélsior) Son ejecuciones, cuerpos no identificados, hallazgos en fosas clandestinas por familias que llevan años tratando de reconstruir lo que ocurrió.

Sin embargo, la repetición constante de estas cifras ha generado una peligrosa adaptación: la violencia dejó de ser extraordinaria para convertirse en algo normal.

Ahora bien, si sumamos estas tragedias, el resultado es estremecedor. A un estimado de 788,000 muertes en exceso por la pandemia, sumemos más de 431,000 homicidios. Finalmente añadamos más de 94,000 desaparecidos. Con ello tenemos un total que supera los 1.3 millones de vidas perdidas o arrebatadas en poco más de quince años. Aún asumiendo que haya duplicaciones, estamos hablando de más de un millón de historias truncadas, de ausencias acumuladas de hermanos mexicanos en un periodo que no corresponde a una guerra formal, ni a una invasión, ni a un conflicto civil declarado.

Cuando se compara esa cifra con las guerras que formaron nuestro país, la dimensión se vuelve aún más inquietante. La Independencia de México dejó entre 200,000 y 600,000 muertos; la Guerra de Reforma provocó entre 40,000 y 50,000; y la Revolución Mexicana, entre uno y dos millones de fallecidos según distintas reconstrucciones históricas.

Tenemos cifras de muerte comparables con las guerras que nos dieron constituciones y redefinieron el rumbo nacional, sacrificios sin proyecto colectivo que los explique ni transformación que los justifique.

Lo más grave es que estamos aceptando como cotidiano lo que debería sacudirnos, permitiendo que el horror se vuelva rutina y que la tragedia se diluya en la indiferencia.

Entendamos: Normalizar las muertes y las desapariciones es lo que las hace crecer.

Debemos reaccionar y movilizarnos en contra de esta apatía. Hagámoslo por decencia, conciencia y por nuestro sentido de supervivencia.

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