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Euphoria por la narrativa.

Por: Rafael Páramo.

I. La Industria cultural, la narrativa global.

En México, millones de jóvenes vieron “Euphoria” en HBO o retransmitida en fragmentos por Tiktok y otras plataformas. No era para menos, la serie cuenta con actuaciones de la primera línea contemporánea, estética impecable, un drama crudo sobre crisis de identidad, drogas, sexualización del cuerpo femeniano, familias disfuncionales y la compleja moral social ante la transexualidad. La serie encabezada por Zendaya y un elenco de megaestrellas juveniles, se convirtió en un fenómeno cultural global. Sin embargo, pocos saben, realmente porque circuló poca información al respecto, que esta serie no nació en Estados Unidos. Es, en realidad, la adaptación de una miniserie israelí del 2012.

Detrás del éxito están Ron Leshem y Daphna Levin, co-creadores de la versión original israelí, junto con la productora Tmira Yardeni, de Tedy Productions. También figuras ejecutivas como Hadas Mozes Lichtenstein, quien desde ADD Content Agency se especializa en vender formatos israelíes a mercados internacionales, y Mirit Toovi y Yoram Mokadi, vinculados a HOT, la cadena israelí donde nació “Euphoria”. Del lado estadounidense, Ravi Nandan, de A24 Television, aportó la estrategia industrial para combinar prestigio, riesgo estético y conversación cultural.

Advierto querido lector que el texto no se trata de una conspiración, se trata de entender un poco más del funcionamiento de la industria cultural que consumimos día a día. Desde hace décadas Israel aprendió a convertir su contexto nacional —guerra, inteligencia, trauma, terrorismo, cautiverio, duelo, militarización e identidad— en historias exportables. De ahí salieron formatos como “BeTipul” (adaptada en EU como “In Treatment”), “Hatufim” (base de “Homeland”), “Fauda”, “Tehran” y la “Euphoria” original. La prensa cultural lo ha documentado como que Israel vende a Hollywood narrativas de bajo presupuesto, escritura intensa y conflictos fácilmente adaptables al lenguaje global del streaming. Quizá en otra entrega ahondaremos más en este dato.

El punto clave, el que rara vez se discute en las conversaciones de sobremesa o en las redes sociales, es que esas historias no sólo nos entretienen, sino que reordenan la mirada del espectador. Es decir, el público internacional suele entrar emocionalmente por el punto de vista del emisor. Y en el contexto actual, tras las intervenciones militares de Israel contra Palestina, Irán y Líbano, no es un secreto que el aparato de comunicación israelí —su industria cultural, con gran influencia en la industria norteamericana— ha generado contenidos que edifican una narrativa política y social muy clara, abiertamente semita y sionista.

Dicho de otro modo: ciertas series israelíes han funcionado como vehículos de legitimación cultural y política. Y “Euphoria”, aunque parezca una historia universal de adolescentes perdidos, no es la excepción. Y si esta parte del análisis y estudio de la industria cultural le parece cutre, le invito a revisar los postulados de la Escuela de Frankfurt. 

II. El retrato de México en la pantalla: caricaturas y omisiones.

Lo peculiar, y motivo central de esta columna, es lo que la serie muestra —y lo que oculta— sobre el narcotráfico y el consumo de fentanilo. México no sólo lidia con los efectos de la narcocultura que se apropió de series de televisión, los corridos tumbados y la estética buchona. También enfrenta la reconfiguración de los intereses económicos globales y los conflictos entre Estados Unidos e Israel contra China, Rusia, Irán, Europa, América Latina, Líbano, etc.

En ese tablero geopolítico, el presidente Donald Trump ha capitalizado un discurso que criminaliza las redes de narcotráfico mexicanas al catalogarlas como organizaciones terroristas, mientras que la falta de políticas de salud pública en Estados Unidos ha propiciado una crisis de adicción a los narcóticos sin precedentes en la que sus jóvenes, ante la falta de oportunidades y la carencia de redes familiares sólidas, caen rápidamente en el mundo de la adicción. Y “Euphoria” retrata todo eso. De hecho, Rue, el personaje principal, muere por una sobredosis de fentanilo. —Lamento el spoiler—.

Sin embargo, la manera en que la serie construye el relato es profundamente reveladora. El tráfico de substancias proviene de México, sí, pero del lado norte de la frontera es operado por caricaturas burdas de maleantes proxenetas con historias de infancias complicadas, sin ningún tipo de contubernio con la autoridad. 

En las escenas de frontera, los agentes aduanales —pintados como nobles servidores públicos— se limitan a labores meramente administrativas, como si las grandes cantidades de droga circularan en vehículos particulares. En el lado mexicano, tierra sin ley: trata de mujeres, transporte de drogas, falsificación de documentos. En el norte, una pareja de agentes de la DEA es suficiente para descubrir —no para detener— la red de distribución de fentanilo.

Las caricaturas antagónicas, en este caso los narcotraficantes mexicanos, resultan más astutas que las autoridades estadounidenses. Pero nunca hay una crítica estructural. Nunca se menciona el lavado de dinero en bancos norteamericanos, ni la complicidad de las armerías legales de EU que abastecen a los cárteles, ni la demanda interna que sostiene el negocio. La narrativa es limpia: el mal viene del sur, el norte es víctima.

III. El final y la gorra “Zion”: propaganda sutil pero poderosa

No es una casualidad que el final de la serie plasme la figura de un exsoldado norteamericano que acaba con sus propias manos con el jefe de la organización criminal, y que en la escena final aparezca con una gorra con la leyenda “Zion” —un poderoso guiño al proyecto sionista— rezando por el bien de la humanidad. La imagen, el héroe occidental, con vínculos simbólicos con Israel, restaura el orden moral.

Como se mencionó anteriormente los carteles de la droga en México fueron catalogados como organizaciones terroristas. Título legalmente utilizado por Estados Unidos que le permite actuar militarmente con libertad más allá de sus fronteras. Pero, eso sí. Las guerras —y los conflictos— requieren recursos y sobre todo legitimidad. Ya sea de los votantes o de la comunidad internacional. Y ahí es donde la industria cultural cumple su papel.Ppreparar el terreno emocional.

Por eso vale la pena repetirlo, ahora con más claridad: El punto propagandístico de estas historias es que no sólo entretienen, sino que reordenan la mirada del espectador. El público internacional, incluyendo los jóvenes mexicanos que vieron “Euphoria” en sus pantallas, termina entrando emocionalmente por el punto de vista del emisor. En este caso: Estados Unidos, con una producción de origen israelí, nos muestra que el problema del fentanilo es exclusivamente mexicano, que la solución viene de héroes solitarios armados con la bendición simbólica de “Zion”, y que las estructuras de poder estadounidenses son, cuando mucho, ineficientes pero nunca cómplices.

IV. El escándalo en Chihuahua: cuando la ficción se vuelve política de Estado

Hace unos días estalló un escándalo mediático y político en México en el que la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván, del Partido Acción Nacional, fue descubierta colaborando anticonstitucionalmente con agencias de seguridad del gobierno de Estados Unidos en un operativo dejó a dos agentes fallecidos. No se trata de polemizar o politizar de más el asunto. Se trata de observar que aquello que consumimos inocentemente en las pantallas de nuestro hogar está intervenido por intereses que la industria y el algoritmo saben empaquetar perfectamente.

La televisión y el streaming no son neutrales. Detrás de cada escena hay decisiones de guión, de producción, de financiamiento y de distribución que responden a lógicas geopolíticas. Y cuando una serie israelí-estadounidense construye una imagen simplista del narcotráfico mexicano, no sólo está contando una historia: está allanando el camino para políticas como la designación de terroristas a cárteles, para operativos conjuntos sin control constitucional, y para que sectores de la sociedad mexicana —sin saberlo— legitimen una intervención extranjera en nombre del orden y la moral.

Para concluir, “Euphoria” es un producto cultural con una narrativa política muy burda. En México, donde el fentanilo mata, donde los cárteles son usados como excusa para intervenciones externas, y donde nuestra juventud consume historias globales sin preguntarse quién las escribió ni con qué propósito, conviene ver con ojos propios. Porque el entretenimiento global también construye realidades. Y a veces, como en este caso, la ficción allana el camino para la política. ¿Y tú ya la viste?.

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