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Las niñas crecen distinto.

Por Laura Campos Guido – @laura_camposguido

Cada 11 de octubre, el mundo conmemora el Día Internacional de la Niña, una fecha que nació para recordarnos algo que aún cuesta aceptar: que ser niña no significa lo mismo que ser niño. Desde los primeros años de vida, ellas enfrentan desigualdades y violencias que marcan su desarrollo, sus oportunidades y sus sueños.

Tener un día especial para las niñas es un acto de justicia. Es reconocer que las reglas del juego no son iguales y que, sin políticas específicas, ellas seguirán en desventaja. Mientras a los niños se les impulsa a explorar y decidir, a las niñas se les sigue enseñando a cuidar, a callar o a complacer. La infancia también tiene género, y esa diferencia determina quiénes llegan a ejercer sus derechos y quiénes quedan rezagadas.

Como madre de tres hombres, reconozco el privilegio que implica verlos crecer en un entorno que los anima a ocupar espacios, a expresarse sin miedo y a creer que el mundo les pertenece. Y desde esa experiencia, me resulta imposible no mirar con preocupación las barreras que enfrentan tantas niñas: los estereotipos que las frenan, las expectativas que las limitan y la violencia que las silencia. Ser madre de niños también me ha hecho más consciente de la urgencia de educarlos con igualdad, respeto y empatía hacia las niñas con las que comparten el mundo.

En muchas partes del planeta —y también en México—, ser niña aún implica vivir con más miedo que libertad. Significa tener que demostrar constantemente su valor, su capacidad y su voz. Por eso este día no debe reducirse a flores ni discursos, sino convertirse en un compromiso colectivo para transformar las condiciones que impiden su pleno desarrollo.

Y las cifras confirman por qué este día sigue siendo necesario. Según UNICEF, en el mundo más de 600 millones de niñas y adolescentes enfrentan limitaciones en su acceso a la educación, la salud y la protección. Una de cada cinco se casa antes de los 18 años, y millones son víctimas de violencia sexual o prácticas nocivas.

En México, los datos del INEGI (2023) revelan que 6.8 millones de niñas y adolescentes entre 5 y 17 años realizan trabajo doméstico no remunerado. La ENAPEA reporta más de 3 mil nacimientos al año en niñas menores de 15 años, una cifra que no debería existir. Y de acuerdo con la ENDIREH 2021, una de cada cuatro mujeres sufrió violencia sexual antes de cumplir los 15 años.

Estas cifras no son solo estadísticas: son historias truncadas. Son niñas que debieron jugar y aprender, no trabajar ni maternar. Niñas que debieron sentirse seguras, no silenciadas.

El 11 de octubre no es un5a efeméride más: es un recordatorio de que aún debemos construir un país donde ellas crezcan con las mismas libertades y derechos que ellos. Porque las niñas también cuentan, y hasta que no puedan crecer en igualdad, la infancia seguirá siendo un territorio desigual.

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