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Los hombres que el patriarcado también lastimó.

Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.

Cada año, cuando se acerca el Día del Padre, abundan las imágenes del hombre trabajador, proveedor y responsable que regresa a casa después de una larga jornada. Es una figura familiar, profundamente arraigada en nuestra cultura. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en cuánto de esa imagen responde a una expectativa social y cuánto a las verdaderas experiencias de los hombres que hoy ejercen la paternidad.

Durante generaciones, la masculinidad se construyó alrededor de una serie de mandatos muy claros: ser fuerte, exitoso, autosuficiente y emocionalmente impenetrable. A los hombres se les enseñó que el valor personal dependía de su capacidad para resolver problemas, generar ingresos y resistir sin mostrar debilidad. Expresar tristeza, miedo o vulnerabilidad no formaba parte del modelo.

El resultado ha sido una forma de masculinidad que, aunque otorgó privilegios, también produjo importantes costos humanos.

Los hombres siguen siendo quienes menos buscan apoyo psicológico, quienes más recurren al aislamiento frente a problemas emocionales y quienes presentan mayores tasas de suicidio. Muchos crecieron sin herramientas para hablar de lo que sienten y sin referentes que les mostraran otras maneras de relacionarse consigo mismos y con los demás.

Sin embargo, el modelo tradicional de masculinidad ya no encaja con la realidad de millones de hombres. Las transformaciones sociales de las últimas décadas han cambiado profundamente la forma en que se construyen las familias. Hoy existen hombres que desean participar activamente en la crianza, estar presentes en los momentos importantes de sus hijas e hijos y construir relaciones más cercanas y afectivas. También existen realidades que durante mucho tiempo permanecieron invisibles.

Están los padres solteros que enfrentan solos las responsabilidades de la crianza. Los padres divorciados que intentan mantener vínculos significativos con sus hijos en medio de procesos familiares complejos. También están las familias homoparentales, donde dos hombres construyen proyectos familiares que amplían nuestra comprensión de lo que significa ser padre. 

Pero reconocer estas realidades no es suficiente.

Los propios hombres tienen una responsabilidad fundamental en esta transformación. No basta con señalar que fueron educados bajo ciertos mandatos; también es necesario cuestionarlos. Implica aprender a expresar emociones sin vergüenza, involucrarse de manera constante en la vida de sus hijos e hijas y no únicamente en los momentos agradables, asumir responsabilidades domésticas sin esperar reconocimiento extraordinario por ello y construir relaciones de pareja basadas en la corresponsabilidad y el respeto.

También implica revisar prácticas que durante años fueron normalizadas: delegar la comunicación escolar a las madres, desconocer aspectos básicos de la salud de sus hijas e hijos, mantenerse al margen de decisiones familiares importantes o considerar que el aporte económico sustituye la presencia emocional.

La transformación de las paternidades exige algo más que buenas intenciones. Exige disposición para cambiar hábitos, reconocer privilegios y asumir responsabilidades que durante mucho tiempo fueron consideradas ajenas.

Por supuesto, las instituciones también tienen tareas pendientes. Las políticas laborales, los sistemas de justicia familiar y los programas públicos siguen operando, en muchos casos, bajo modelos familiares que ya no representan la diversidad de la sociedad mexicana. Pero ninguna política pública puede reemplazar la decisión cotidiana de un hombre de involucrarse activamente en la vida de sus hijos e hijas.

Las familias mexicanas cambiaron hace mucho tiempo. Lo verdaderamente extraño es que todavía haya instituciones, y también algunos hombres, empeñados en actuar como si no fuera así.

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Waldo Fernandez.

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