Por: Tuur Ghys y Alexis Austria.
Han comenzado los primeros pasos hacia las elecciones de 2027 y, con ello, viene la ola de publicidad política. Ya estamos acostumbrados, es como un anuncio al sofocante tapiz que estará por todas partes en unos meses. Pero, a pesar de que en Nuevo León las elecciones son inseparables de ser ahogado en publicidad, la sagacidad de nuestros políticos (y su cinismo) no nos deja de sorprender.
Eso que llama particularmente la atención son los panorámicos políticos que publicitan portadas de revistas, mostrando imágenes enormes de un potencial candidato, con lea la entrevista escrito a su lado. Todos han visto esos panorámicos y nadie lee las entrevistas. Cualquiera puede ver detrás de ellos, nadie cree que, en pleno 2026, es comercialmente viable publicitar revistas impresas en tal escala: son una manera (junto con los “informes”) en la cual los potenciales candidatos pueden sacarle la vuelta a las leyes que prohíben las precampañas; estos son anuncios políticos en forma y sustancia. Uno podría pensar ¿A quién engañan? Pero eso es lo que resulta particularmente ofensivo al espíritu de la ley. Estos vacíos legales no están escondidos, sino que están diseñados para ser vistos: el emperador quiere que sepas que no tiene ropa.
El hecho de que todas las facciones políticas parecen estar participando de este descarado quebrantamiento de las reglas de precampaña alza la pregunta de qué están haciendo las autoridades electorales ¿Cómo pueden ser ciegas ante lo que somos forzados a ver diariamente? ¿Cómo aún no se han reformado las reglas para ilegalizar este obvio quiebre del espíritu de la ley? Puedes estar en desacuerdo con nosotros, pero si sostienes que esto no está tan mal y debería ser permitido ¿Por qué no legalizamos los panorámicos de precampaña en lugar de este incómodo – guiño guiño – desvío a través de las revistas de entrevistas? ¿Por qué añadir, al fastidio de la publicidad, la vergüenza de abiertamente violar el espíritu de la ley?
La relevancia de regular esta clase de panorámicos va más allá de la falta de gusto: estos aumentan el costo de las campañas, creando una necesidad de asegurar fondos. Como ha demostrado nuestra propia investigación (y como es ampliamente conocido dentro de los círculos políticos), la presión financiera hace que los candidatos busquen financiamiento entre donadores que cobran el favor a cambio de imponer sus intereses, intereses que compiten con aquellos de los votantes. La democracia depende, entonces, del mantener bajos los costos de (pre)campaña y no es difícil ver en donde encajan los panorámicos en todo esto: si un vacío de la ley está abierto para todos, aquellos jugadores que no lo usen acumularan una desventaja competitiva en el juego – castigando especialmente a los candidatos menos reconocidos que necesitan pelear para que reconozcan su nombre.
Afortunadamente, la esencia de la contramedida es simple: hay que bajar ampliamente el costo potencial de las campañas, entre haya menos cosas en las que gastar, menos gasto se necesita en una situación competitiva.
El excesivo costo de las campañas en Nuevo León y la asfixia publicitaria que vivimos son dos aspectos de una misma cosa que, en este momento, no podríamos diagnosticar científicamente– cinismo, capitalismo, ausencia de autoridad electoral, todas las anteriores. Pero sí podríamos decir que es algo propio la carrear de ratas en sí misma, no que la democracia no puede funcionar sin enterrar a los votantes en publicidad.







