Por Laura Campos Guido – @laura_camposguido
México vive, una vez más, los estragos de las lluvias. En distintos estados del país —Puebla, Veracruz, Hidalgo, San Luis Potosí y Querétaro— miles de familias han visto cómo el agua arrasa con lo poco o mucho que tenían. Las imágenes de ríos desbordados con furia, caminos destruidos y comunidades incomunicadas vuelven a recordarnos lo frágil que puede ser la vida frente a los embates de la naturaleza. Pero junto a la emergencia física, se despliega otra tormenta: la de la desinformación.
En las redes sociales circulan fotografías fuera de contexto, mensajes falsos sobre puntos de ayuda inexistentes y teorías que buscan culpar a gobiernos o partidos por la magnitud del desastre. En cuestión de horas, la indignación digital sustituye la empatía, y la solidaridad se diluye entre el ruido de la desconfianza. En lugar de tender puentes, algunas personas eligen señalar culpables. En lugar de coordinar esfuerzos, se levantan muros partidistas.
La desinformación no nada más confunde: pone en riesgo vidas. Cuando se difunden números de cuenta falsos, cuando se señalan centros de acopio inexistentes o se minimiza la gravedad del daño, se interrumpe la cadena de ayuda y se genera caos entre quienes más lo necesitan. En una emergencia, cada minuto cuenta y cada mensaje irresponsable puede significar que una familia más se quede sin apoyo.
Este no es momento para la polarización ni para los discursos de odio. El agua no distingue colores partidistas, ni ideologías, ni regiones. La tragedia nos iguala, y ante eso, el único camino es la solidaridad.
Lo que México necesita ahora es coordinación, empatía y responsabilidad. Desde el gobierno hasta la ciudadanía, pasando por los medios y las plataformas digitales, todas y todos tenemos un papel que jugar. Las y los periodistas deben verificar antes de publicar. Las personas usuarias de redes, contrastar la información antes de compartir. Las autoridades, garantizar la transparencia en la entrega de recursos y ayuda humanitaria.
Atender una emergencia desde una postura de derechos humanos significa reconocer que cada persona afectada tiene derecho a ser auxiliada con dignidad, sin discriminación ni condicionamientos. No se trata de caridad, sino de justicia. De reconocer que el Estado y la sociedad tienen la obligación de proteger la vida y el bienestar de todas las personas, sin importar su origen, condición o postura política.
Hoy más que nunca, el país necesita unidad. Las lluvias pasarán, pero las heridas que dejan —materiales, sociales y emocionales— solo podrán sanar si la ayuda llega a tiempo y con honestidad. Que no sea la desinformación la que inunde los esfuerzos por ayudar, sino la certeza de que cuando México se une, sí se puede salir adelante.
La empatía, la verdad y la acción coordinada son los mejores refugios frente a cualquier tormenta.







