Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.
En abril de 2026, la humanidad volvió a la Luna. La noticia recorrió el mundo como un símbolo de progreso, de capacidad técnica, de persistencia científica. Décadas de investigación, inversión y cooperación internacional hicieron posible lo que durante mucho tiempo fue solo una aspiración: regresar y, ahora sí, pensar en quedarnos.
Entre la tripulación viajó también una mujer. Y aunque su presencia es motivo de celebración, también es inevitable hacerse una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que estemos pensando en poblar otros planetas cuando aún sabemos tan poco sobre la mitad de la población que habita este?
La paradoja es brutal.
Mientras la ingeniería aeroespacial alcanza niveles de precisión extraordinarios, el conocimiento científico sobre el cuerpo de las mujeres sigue siendo incompleto, tardío y, muchas veces, secundario. Durante décadas, los ensayos clínicos nos excluyeron por considerarnos “variables complejas”. Los ciclos hormonales, la capacidad reproductiva, las diferencias biológicas fueron vistas como obstáculos metodológicos, no como campos necesarios de estudio.
El resultado es un vacío que sigue teniendo consecuencias reales.
Hoy sabemos que muchas enfermedades se manifiestan de forma distinta en mujeres y hombres, pero los diagnósticos continúan basándose en síntomas “promedio” construidos desde cuerpos masculinos. Sabemos que los efectos de ciertos medicamentos varían según el sexo, pero la investigación específica sigue siendo limitada. Sabemos que la salud mental, el dolor crónico, las enfermedades autoinmunes y la salud reproductiva femenina han sido históricamente subestimadas o mal comprendidas.
Es decir: queremos habitar otros mundos, pero aún no entendemos completamente este.
La presencia de una mujer en una misión lunar no debería ser solo un símbolo de inclusión, sino un recordatorio de la deuda pendiente. Porque no se trata únicamente de cuántas mujeres participan en la ciencia, sino de qué ciencia se produce y para quién.
El conocimiento también tiene género. Y durante mucho tiempo, ese conocimiento ha ignorado, simplificado o invisibilizado la experiencia femenina.
Pensar en colonizar otros planetas exige respuestas complejas: cómo vivir, cómo reproducirse, cómo adaptarse a nuevas condiciones físicas. Pero esas preguntas no pueden responderse adecuadamente si seguimos arrastrando vacíos sobre el funcionamiento del cuerpo, el cerebro y la salud de nosotras las mujeres aquí, en la Tierra.
Hay algo profundamente preocupante en este momento histórico: avanzamos hacia el espacio exterior sin haber resuelto las desigualdades en nuestro propio conocimiento científico. Como si la frontera estuviera allá arriba, cuando en realidad también está aquí, en lo que aún no entendemos, en lo que no hemos querido mirar con la misma urgencia.
Celebrar la llegada a la Luna es válido. Pero también es necesario detenernos y cuestionar qué tipo de progreso estamos construyendo. Uno que invierte miles de millones en explorar otros mundos, mientras sigue considerando secundario comprender plenamente a quienes ya habitan este.
Porque el verdadero avance no solo se mide en kilómetros recorridos fuera del planeta, sino en la profundidad con la que entendemos la vida dentro de él. Y en ese terreno, todavía estamos lejos.






