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Los números que no cuadran.

Por Laura Campos Guido – @laura_camposguido

La Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) es un instrumento valioso. No solo por lo que mide, sino por lo que revela: las profundas desigualdades que se viven en nuestro país y que, a fuerza de repetirse, corren el riesgo de parecernos normales.

Las cifras son contundentes. En promedio, los hogares con menor percepción de ingresos sobreviven con apenas 85 pesos diarios por persona perceptora. En el extremo opuesto, los hogares con mayores ingresos reportan 1,192 pesos diarios. La distancia no es solo numérica: es abismal en términos de calidad de vida, oportunidades y futuro.

Al observar la distribución por edad, las desigualdades se vuelven más crudas. Entre los 12 y 19 años, las mujeres reciben hasta 30% menos ingresos que los hombres de la misma edad. Y la brecha se ensancha con el tiempo: entre los 50 y los 59 años, los hombres perciben en promedio 14 mil pesos mensuales, frente a los 9 mil pesos que obtienen las mujeres. No es casualidad: es el reflejo de un sistema que castiga doblemente la vejez y el género.

Tampoco la educación logra borrar estas diferencias. Aun con el máximo grado académico, el posgrado, las mujeres obtienen en promedio 25,600 pesos mensuales, frente a los 37,600 pesos de los hombres. El mensaje es dolorosamente claro: en México, estudiar más no significa ganar igual si eres mujer.

Y cuando la maternidad entra en la ecuación, la brecha se convierte en abismo. A mayor número de hijas o hijos, menor es el ingreso promedio de las mujeres. La desigualdad golpea con más fuerza a quienes son afrodescendientes o hablan alguna lengua indígena: ellas llegan a obtener hasta 31% menos ingresos que la media nacional. En un país que presume de diversidad cultural, esas cifras son un espejo de racismo estructural.

Los gastos, además, no perdonan. La media nacional es de casi 16 mil pesos mensuales, mientras que en estados como Nuevo León se eleva a 20 mil pesos mensuales. Para muchas familias, la matemática es cruel: los ingresos simplemente no alcanzan para cubrir lo indispensable.

Los datos de la ENIGH se complementan con los de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, publicada en julio de 2025. El mayor salario promedio registrado fue de 15 mil pesos mensuales, recibido por hombres profesionistas o con posgrado. En contraste, el menor salario promedio fue de apenas 4 mil pesos mensuales, percibido por mujeres con entre 4 y 6 años de escolaridad. La desigualdad de género, otra vez, como constante.

Hace dos décadas, cuando mi generación daba sus primeros pasos en el mercado laboral, los salarios rondaban los 10 mil pesos mensuales. Hoy, en pleno 2025, miles de personas asalariadas siguen aspirando a esa misma cifra. ¿Cómo es posible que en 20 años los salarios hayan variado menos del 50% mientras el costo de la vida se disparó?

Los números no cuadran. Y lo que es peor: detrás de cada número hay una historia de carencia, de frustración, de oportunidades negadas. La pregunta es inevitable: ¿cómo logran sobrevivir las familias de menores ingresos si las cifras oficiales muestran que gastan más de lo que ganan?

La conclusión debería incomodarnos: las desigualdades en México son brutales, pero no inevitables. Los datos no están ahí para decorar informes o para extraviarse en los cajones de la burocracia. Están para señalar con precisión en dónde urge actuar y qué deudas históricas ya no admiten más prórrogas.

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