Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.
México vuelve a ser sede de un Mundial de fútbol. Se trata de un acontecimiento histórico, por tercera ocasión, nuestro país recibirá el torneo deportivo más importante del planeta. Durante meses hemos escuchado que el Mundial traerá turismo, inversión, proyección internacional y oportunidades económicas.
Y sin embargo, para muchas personas, la sensación es extraña: el Mundial está aquí, pero parece no ser nuestro.
Hace más de un año comenzaron las conversaciones, los anuncios, las obras y las campañas de promoción. Desde entonces, la palabra «Mundial» se ha instalado en discursos oficiales, ruedas de prensa y estrategias de comunicación. Pero conforme se acerca la fecha, también se hace evidente una distancia entre el evento que se promociona y la experiencia de quienes habitamos las ciudades anfitrionas.
Los boletos para asistir a los partidos están fuera del alcance de la mayoría de las familias mexicanas. Lo que debería ser una fiesta popular terminó convirtiéndose en una experiencia reservada para quienes pueden pagar precios cada vez más elevados. El fútbol, tradicionalmente asociado a las clases trabajadoras y a los espacios comunitarios, parece haberse transformado en un espectáculo premium.
Ni siquiera ver los partidos resulta sencillo. Entre plataformas de streaming, transmisiones restringidas y derechos exclusivos de transmisión, seguir el torneo exige recursos económicos y acceso tecnológico que no todas las personas tienen. Paradójicamente, el evento deportivo más popular del mundo es cada vez menos accesible para el público que lo convirtió en fenómeno global.
Mientras tanto, las ciudades han vivido otro tipo de Mundial: el de las obras.
Calles cerradas, cambios en la movilidad, intervenciones urbanas aceleradas y molestias cotidianas justificadas en nombre de la modernización. Algunas de estas mejoras pueden ser necesarias e incluso positivas, el problema aparece cuando la conversación pública parece centrarse más en cumplir con los estándares del evento que en responder a las necesidades permanentes de quienes vivimos ahí todos los días.
Porque los estadios recibirán visitantes durante algunas semanas. Las personas habitaremos estas ciudades durante décadas.
Quizá por eso el entusiasmo no se siente tan unánime como en otros tiempos. No porque la gente rechace el fútbol, lo que genera distancia es la sensación de que el Mundial se ha convertido en un proyecto diseñado para las marcas, los patrocinadores, las cadenas de televisión y los visitantes internacionales, mientras la ciudadanía ocupa un lugar secundario.
Los grandes eventos deportivos tienen la capacidad de generar orgullo colectivo. Pero ese orgullo necesita construirse desde la inclusión. Necesita que las personas puedan participar, disfrutar y reconocerse en la celebración. Dentro de algunos días comenzarán los partidos y millones de personas volverán a emocionarse frente a una cancha. El fútbol conserva esa capacidad extraordinaria de reunirnos.
Ojalá que cuando termine el torneo también podamos preguntarnos para quién se construyen las ciudades, quiénes disfrutan realmente los beneficios de estos eventos y qué legado dejan más allá de las fotografías y las ceremonias.
Porque un Mundial puede durar un mes. La vida cotidiana de una ciudad, en cambio, permanece mucho después del silbatazo final.






