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La espectacularización de la política: entre el drama y la democracia.

La espectacularización de la política se ha convertido en uno de los fenómenos más visibles en las democracias contemporáneas. Este concepto se refiere al proceso mediante el cual la política deja de presentarse como un ámbito de deliberación racional y se convierte en un espectáculo mediático diseñado para captar emociones, atención y rating. No se trata únicamente de informar o persuadir: el objetivo central es impactar visualmente, generar polémica y entretener. La política, en este marco, funciona más como un show que como un espacio de construcción colectiva, en donde la teatralidad y la dramatización pesan más que las propuestas y el debate de fondo.

Este fenómeno no es producto del azar. Por un lado, los políticos buscan fabricar eventos con alto contenido simbólico y visual que les permitan proyectar poder, cercanía o victimización. Por otro, los medios de comunicación y, en la última década, las redes sociales, amplifican esas escenas porque responden a la lógica del mercado informativo: lo que genera rating, clics y escándalo vende más que lo que explica con rigor. Así se construye un círculo vicioso en el que la espectacularización suplanta al análisis, y la ciudadanía termina consumiendo a sus líderes como personajes de una serie en la que lo importante no es el guion, sino el próximo giro dramático.

En México, Enrique Peña Nieto fue un caso paradigmático. Su campaña presidencial giró en torno a una narrativa publicitaria impecable, con slogans atractivos y una maquinaria mediática que lo convirtió en una “marca política”. Su sexenio también estuvo atravesado por momentos de espectacularización, como el escándalo de la llamada “Casa Blanca”, que transformó un tema de conflicto de interés en un drama mediático seguido en capítulos. A esto se sumó la operación de los llamados “Peñabots”, redes de perfiles falsos destinadas a moldear la conversación digital a su favor. Peña Nieto mostró cómo la política mexicana podía adaptarse a la lógica del entretenimiento: entre la mercadotecnia, los spots y los escándalos, su figura fue más producto mediático que estadista.

Hoy, la espectacularización no solo se observa en campañas, sino en el propio ejercicio parlamentario. El reciente pleito en el Senado entre Alejandro “Alito” Moreno y Gerardo Fernández Noroña es una muestra clara de cómo la política se ha convertido en ring. La trifulca, con insultos, empujones y hasta un camarógrafo agredido, acaparó titulares y redes sociales, eclipsando cualquier discusión legislativa de fondo. La escena fue consumida como espectáculo: memes, transmisiones en vivo y hasta reconstrucciones judiciales. El Congreso, que debería ser el máximo espacio de debate y deliberación, se redujo a la arena de un show de testosterona.

La espectacularización, sin embargo, no es inocua. Tiene impactos directos en la calidad de la democracia. Al priorizar lo visual y lo emocional sobre lo argumentativo, degrada el debate público, alimenta la polarización y convierte la política en un concurso de popularidad más que en un ejercicio de responsabilidad. Lejos de acercar a la ciudadanía a los asuntos públicos, muchas veces la aleja, pues se genera la percepción de que la política es puro circo sin consecuencias reales. Y cuando sí despierta interés, lo hace desde la indignación o el morbo, no desde la construcción de ciudadanía crítica.

En suma, la espectacularización de la política en México ha mostrado su rostro desde el marketing presidencial hasta los pleitos legislativos transmitidos como si fueran reality shows. Peña Nieto representó la mercadotecnia de la política como producto; el reciente encontronazo entre Alito y Noroña expone la degradación del debate en espectáculo de golpes. El reto es enorme: recuperar la esencia de la política como un espacio de deliberación democrática y no como una pasarela de escándalos. De lo contrario, corremos el riesgo de que la ciudadanía termine entendiendo la democracia no como un ejercicio de derechos y deberes, sino como un capítulo más del show político nacional.

Por: Felipe Marañón Lazcano.

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