Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido
Yo soy michoacana. Nací y viví en ese majestuoso estado por 26 años. Y a donde voy lo presumo: sus paisajes, sus ríos, sus lagos, sus pueblos color rojo y blanco con sus tejabanes bañados de sol.
Presumo sus playas imponentes, sus ciudades coloniales llenas de historia, de hombres y mujeres memorables. Presumo sus tradiciones, tan profundas como la tierra fértil que las sostiene. Presumo a sus pueblos originarios, aguerridos, defensores y cuidadores de la tierra. Presumo su comida única, sus campos generosos, su gente obstinada, resiliente, pero también muy castigada.
Y sí, soy como otras michoacanas y michoacanos que, cuando nos preguntan por la inseguridad, sonreímos con timidez fingiendo que no pasa nada. Pero sí pasa. Solo que, a fuerza de costumbre, aprendimos a vivir rodeadas y rodeados de miedo. Aprendimos a no meternos en “malos pasos”, a no visitar “algunos lugares”, a no “juntarnos con cierta gente”. A dejarlos pasar.
Porque si decidiéramos ejercer nuestros derechos —al libre tránsito, a la libertad de expresión, a la búsqueda de nuestros desaparecidos, a decir no al cobro de piso—, muchos y muchas no estaríamos aquí.
Yo ya no busco a mi primo desaparecido. Solo sé que un grupo llegó al lugar donde vivía y se lo llevó. Cuando su familia intentó indagar, la autoridad “recomendó” dejar de hacerlo. Quisiera seguir el hilo, encontrar respuestas, pero en Michoacán aprendimos a sobrevivir guardando silencio. Porque nadie protege a las buscadoras, y vivir, aunque sea con miedo, parece más seguro que buscar justicia.
Por eso, cuando vi la rabia de cientos de personas manifestándose por el asesinato del alcalde de Uruapan, entendí perfectamente ese dolor. No me sorprendió que dejaran las festividades del Día de Muertos —una de nuestras más grandes tradiciones y fuente de vida económica— para salir a exigir lo que parece una súplica colectiva: que nos dejen vivir.
Lo que pasa en Uruapan no es un hecho aislado. Es el reflejo de un país cansado de contar muertos, de normalizar la violencia, de aprender a vivir con ella como si fuera parte del paisaje. Michoacán no es el único; la tragedia se ha extendido a casi todos los rincones del país.
Y no, no queremos acostumbrarnos más. No queremos que cada asesinato se vuelva una estadística ni que cada protesta sea silenciada por la indiferencia. Queremos poder vivir sin miedo. Queremos un país donde la vida vuelva a tener valor.
Yo soy michoacana, y como miles de mexicanas y mexicanos, estoy cansada de aprender a vivir con la inseguridad. Porque sobrevivir no es lo mismo que vivir, y ya nos lo han arrebatado demasiado tiempo.







