Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.
Las portadas de hoy amanecieron celebrando lo mismo que desde hace unos meses: inauguraciones, inversiones, anuncios de infraestructura y la promesa presidencial de que México ofrecerá “el Mundial más incluyente de la historia”. La frase funcionó bien para el titular: redonda, optimista, vendible. Pero detrás del entusiasmo global, hay un espejo incómodo que pocas veces se coloca en primera plana: para que el Mundial sea realmente incluyente, México tiene que atender de inmediato sus pendientes más urgentes en materia de género.
Y esos no se resuelven con estadios nuevos ni discursos emocionados.
La presidenta insiste en que el país está listo para recibir a millones de visitantes con hospitalidad y seguridad. Pero mientras en los diarios deportivos se habla de modernización y derrama económica, las cifras de violencia contra las mujeres siguen subiendo, las sentencias por feminicidio siguen rezagadas y los protocolos de atención a víctimas no logran consolidarse en un sistema que continúa fragmentado.
Hablar de un “Mundial incluyente” en un país donde las mujeres aún deben organizarse para exigir seguridad en el transporte, en las calles y en sus propios hogares, es aspiracional… y también urgente. Porque cuando llegue el Mundial, las desigualdades no se van a esconder detrás de las pantallas gigantes ni bajo la sombra de los estadios.
Y hay otro pendiente que casi no aparece en los titulares: la economía de los cuidados. Los partidos, los espectáculos, el turismo y el consumo no se sostienen por sí solos; se sostienen sobre los hombros invisibles de quienes cuidan. ¿Qué políticas se están preparando para que las mujeres —que siguen siendo mayoría en la carga doméstica— puedan participar, trabajar o incluso disfrutar del Mundial sin duplicar su jornada?
Las y los trabajadores del turismo, de la hotelería, del comercio y del transporte —muchas de ellas mujeres— estarán sosteniendo jornadas extendidas. Pero ¿qué medidas se han anunciado para garantizarles condiciones dignas? ¿Qué pasará con las madres solas que trabajan en horarios nocturnos durante el evento? ¿Quién cuidará a los que cuidan?
Si queremos un Mundial incluyente, necesitamos más que rampas y discursos. Necesitamos espacios seguros para mujeres y niñas, transporte con perspectiva de género, protocolos claros para prevenir la trata de personas —que aumenta en grandes eventos—, campañas de sensibilización, puntos de atención, refugios temporales y una estrategia nacional que reconozca que el turismo masivo también genera riesgos.
La promesa presidencial es grande, y no es mala. México merece soñar con un Mundial que sea motivo de orgullo. Pero antes del silbatazo inicial hay que mirar la cancha completa: la desigualdad salarial, la violencia digital, los vacíos en salud sexual y reproductiva, la precariedad laboral, la falta de cuidados y el acceso desigual al espacio público.
La inclusión no se decreta. Se construye. Y si México quiere sostener esa frase en las portadas dentro de dos años, el momento de trabajar en serio —no simbólicamente— es hoy. Porque no hay Mundial incluyente sin un país incluyente. Y todavía estamos muy lejos de eso.







