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“25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres”.

Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.

Llevo semanas repitiendo el mismo discurso. En reuniones, mesas, entrevistas, ceremonias. Hablo de cifras, de protocolos, de acciones institucionales. En Nuevo León, ese es mi trabajo, y lo ejerzo con convicción. Pero en estos días —tan cargados de actividades por el 25N— algo comenzó a volverse mecánico: las palabras salían, pero mi cuerpo ya no las sentía tanto.

Y al final del día en medio del tráfico conflictuado comencé a recordar las historias que he escuchado también tan solo en estos últimos días. Y recordé diez historias. Diez voces que me recordaron que ninguna estadística logra capturar el peso real de lo que vivimos como país. Diez mujeres que, sin saberlo, me devolvieron el sentido de lo que significa trabajar para que ninguna más sea violentada.

Una mujer que trabaja conmigo me contó que lleva años durmiendo con el celular debajo de la almohada por si él llega borracho y tiene que pedir ayuda.
Otra, del mismo edificio, que su esposo rompió su credencial de elector para que no pudiera votar “sin su permiso”.
Escuché que una joven confesó que su novio revisa sus mensajes “para estar seguro de que se porta bien”.
Una adulta mayor relató que su hijo le quita su pensión “porque él sabe administrarla mejor”.
Otra mujer dijo que su jefe la abraza demasiado, demasiado cerca, demasiado seguido.
Una más reveló que su pareja le dice que nadie va a creerle si lo denuncia, porque “él es muy querido”.
Escuché a una chica de 17 decir que bloqueó a un compañero de la escuela después de que la siguió hasta su casa.
A una mamá, que tiene que avisarle a su ex exactamente qué está haciendo cada hora, porque si no, él amenaza con quitarle a sus hijos.
A otra que le da miedo irse de su casa porque no tiene a donde ir, ni quién la reciba.
Y a una mujer que al final dijo, bajito: “No es que no quiera dejarlo… es que no sé cómo empezar de cero.”

Diez historias. Diez violencias cotidianas. Diez vidas contenidas entre lágrimas que ninguna ceremonia del 25N alcanza a reparar. Diez, como el número de mujeres que diariamente son asesinadas en México.

Por eso hoy, aunque he repetido discursos hasta la memoria, las palabras me regresaron el cuerpo. Me recordaron que el 25N no es un evento, ni una obligación institucional, ni un calendario naranja. Es un duelo permanente. Es una rabia que nos une. Es una promesa que no podemos posponer.

Trabajo con mujeres de Nuevo León y sé que resistimos. Sé que hablamos, que tejemos redes, que exigimos, que nos levantamos una y otra vez. Pero también sé que estamos cansadas. Que duele. Que pesa.

Hoy, por esas diez historias y por las diez mujeres que este país perderá mañana, vuelvo a decirlo con el corazón abierto:

No queremos ser valientes. Queremos ser libres.Y hasta que eso sea realidad —en casa, en el trabajo, en la calle, en el sistema judicial— seguiré repitiendo el discurso.
Pero nunca más de manera mecánica.
Nunca más sin sentirlo.

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