Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.
Cada vez que la presidenta Claudia Sheinbaum aparece en público con ropa tradicional, la conversación se repite: si es estrategia, si es mensaje político, si es identidad. Pocas veces, sin embargo, se detiene en lo esencial: el tiempo humano que habita en cada una de esas piezas. Porque la ropa que porta no es solo vestimenta; es trabajo acumulado, historia bordada y, muchas veces, desgaste invisible.
Las prendas tradicionales que ha elegido —huipiles, blusas bordadas, textiles indígenas— no se hacen en serie ni se producen con prisa. Cada puntada requiere horas, días, semanas. Algunas piezas pueden tomar meses de trabajo constante. Son prendas que existen gracias a la paciencia, a la repetición, al cuerpo inclinado sobre la tela. Son, literalmente, tiempo convertido en materia.
Lo sé de primera mano. Mi abuelo materno, Alfonso Guido, fue artesano de lacas perfiladas de Pátzcuaro. Crecí viendo cómo una sola pieza podía llevar días de preparación: trazar, perfilar, pincelar, aplicar hojas de oro, volver a empezar. No había atajos. El cansancio se acumulaba en las manos, en la vista, en la espalda. Cada objeto terminado cargaba no solo belleza, sino horas de vida entregadas. Por eso sé que nada hecho a mano es “simple”, ni “folclórico”, ni decorativo.
Cuando la presidenta usa una prenda tradicional, porta también ese tiempo. Y en un país acostumbrado a la producción acelerada y al consumo desechable, ese gesto tiene un peso simbólico poderoso: reivindica el valor del trabajo artesanal frente a la lógica de lo inmediato. Pero también nos obliga a hacer una pregunta incómoda: ¿cuánto vale realmente ese tiempo?
Aquí la perspectiva de género es inevitable. En México, la mayoría de las personas que elaboran estas prendas son mujeres indígenas. Mujeres que no solo bordan, tejen o cosen, sino que además cuidan. Cuidan infancias, personas mayores, hogares enteros. El tiempo que dedican a crear una prenda se suma al tiempo que dedican al trabajo doméstico y de cuidados, casi siempre no remunerado. Su jornada no termina cuando dejan la aguja o el telar: continúa en la cocina, en el cuidado, en el silencio.
Por eso, cuando la presidenta viste ropa hecha por otras mujeres, el mensaje va más allá de la identidad cultural. Habla de dignificar saberes históricamente feminizados, de reconocer que el trabajo de las manos —como el trabajo de cuidar— ha sido sistemáticamente subvalorado. Habla también de la deuda pendiente: pagar lo justo, proteger los derechos de las artesanas, evitar la apropiación sin reconocimiento.
Pero no basta con portar la prenda. El verdadero reto está en garantizar condiciones dignas para quienes la hacen posible. En reconocer que cada bordado es tiempo de vida, y que el tiempo de las mujeres, especialmente de las mujeres indígenas, ha sido tratado como infinito y gratuito.
La ropa tradicional que hoy se ve en el poder nos recuerda algo esencial: no todo el trabajo que sostiene al país se ve. A veces, está ahí, bordado con paciencia, esperando que aprendamos a mirar y a valorar el tiempo que otros y otras entregan para que exista.







