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Recursos estratégicos: Ni de izquierdas ni derechas.

Por: Rafael Páramo.

Antes de que alguien levante la ceja o empiece a repartir etiquetas, pongamos algo claro desde el principio: esto no va de defender a Nicolás Maduro ni de aplaudir a Donald Trump. No es un partido entre villanos favoritos. Va de algo mucho más incómodo, de la manera en que la política internacional se ha ido normalizando como la administración “legal” de la violencia para quedarse con recursos. Y de cómo eso divide, confunde y polariza a la opinión pública.

Porque basta mencionar a Venezuela y Estados Unidos para que el debate se vuelva automático. Unos gritan “dictadura”, otros responden “imperialismo”, y en medio queda el ciudadano común tratando de entender por qué, otra vez, la solución parece pasar por la amenaza, el bloqueo o la intervención. Como si la fuerza fuera un atajo legítimo cuando el diálogo estorba.

La narrativa es conocida, sanciones económicas, presión diplomática, advertencias militares envueltas en discursos de libertad y democracia. Pero cuando se rasca un poco la superficie, aparece siempre el mismo fondo: recursos estratégicos, control geopolítico y poder. Petróleo, minerales, rutas, influencia regional. Lo demás suele ser el empaque.

Aquí es donde entra la polarización. Hay quien justifica cualquier acción si el enemigo es “el malo correcto”. Hay quien defiende cualquier abuso con tal de llevarle la contraria al adversario ideológico. Y así, la discusión se vuelve tribal, emocional y poco crítica. Se pierde de vista lo esencial: ¿Desde cuándo la política dejó de ser el espacio para evitar la barbarie?

Porque, se supone, para eso existe la política. Para resolver conflictos sin balas. Para construir reglas que eviten que el más fuerte imponga su voluntad a golpes, y que estas no sean «a modo». Para eso, también, existe el Estado de derecho internacional. O al menos, debería existir.

Entonces viene la pregunta incómoda, esa que que rara vez se hace en voz alta: ¿De qué le sirve al ciudadano de a pie cumplir las reglas, pagar impuestos, respetar leyes y creer en instituciones, cuando queda claro que la legalidad es flexible para quien tiene dinero, poder militar o influencia global? ¿Qué mensaje se manda cuando las normas se aplican con rigor al débil y se reinterpretan para el fuerte? Ya sea para robar recursos, o instaurar una dictadura.

Al final, el viejo dicho lo resume mejor que cualquier tratado: “Si las barbas de tu vecino ves cortar, pon las tuyas a remojar”. Hoy es Venezuela. Ayer fue Irak. Mañana puede ser cualquier país que tenga algo que alguien más quiere – México incluido -, La historia no se repite, pero rima peligrosamente.

La lección es brutal pues sin información crítica y sin organización social, estamos condenados a creer los discursos que nos sirven empaquetados. Y cuando eso pasa, la violencia deja de parecernos excepcional y empieza a verse normal, necesaria, incluso inevitable. No se trata de elegir bandos. Se trata de no tragarnos el cuento completo, porque cuando la política fracasa y la fuerza se vuelve costumbre, los que nunca deciden las guerras… son los que siempre pagan sus consecuencias.

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