Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.
Esta semana, miles de jóvenes salieron a las calles en lo que ya se conoce como la marcha de la Generación Z. Llegaron con pancartas directas, consignas frontales y una claridad política que incomodó a más de una persona. Muchas personas adultas —políticas, comentaristas, incluso padres y madres— se sorprendieron: ¿de dónde salió tanta molestia?, ¿por qué marchan si “lo tienen todo”?, ¿qué les falta?
La respuesta es sencilla, aunque duela: marchan porque llevan años viviendo un país roto y ya no quieren normalizarlo.
La Gen Z creció con la violencia como ruido de fondo, con crisis económicas recurrentes, con un planeta que se incendia, con instituciones que no les responden, con redes saturadas de discursos de odio, y con un futuro laboral que parece más estrecho que el de las generaciones anteriores. No marchan por moda —como han sugerido algunas personas—, marchan porque están hartos y hartas. Y porque no ven que quienes deberían resolver los problemas tengan prisa por hacerlo.
¿A quién representan?
Representan a quienes no fueron escuchados y escuchadas.
A quienes aprendieron que la estabilidad era un privilegio, no una garantía.
A quienes crecieron viendo a sus padres y madres trabajar jornadas interminables sin mejorar su calidad de vida.
A quienes lidian con ansiedad y depresión en niveles históricos mientras el sistema de salud mental sigue siendo una promesa vacía.
A quienes viven en ciudades que no les pertenecen, donde la vivienda es inaccesible y el transporte inseguro.
A quienes saben que, aunque estudien, trabajen y “le echen ganas”, el mérito ya no es suficiente para sobrevivir dignamente.
La indignación de la Gen Z también es una consecuencia del desencanto con la política tradicional. Son jóvenes que ven cómo la discusión pública se reduce a pleitos, descalificaciones y propaganda, mientras sus problemas reales —violencia, precariedad, salud mental, crisis ambiental— apenas ocupan unos minutos en el debate nacional. Y cuando deciden organizarse, quienes deberían celebrar su participación les tachan de manipulables, exagerados o inmaduros.
Pero la Gen Z no solo está molesta: está organizada, informada y conectada. Tiene una conciencia social que muchas generaciones tardaron décadas en construir. Entiende el poder de la calle, pero también el de la conversación digital. No le tiene miedo a nombrar el machismo, el clasismo, el racismo, la violencia institucional. Y tampoco le teme a señalar a quien sea necesario para exigir cambios.
Escucharles es urgente. No porque “sean el futuro”, sino porque son el presente. Porque lo que están diciendo no es nuevo, solo que ahora lo dicen más fuerte, más juntas y juntos, y más visibles que nunca.
La marcha de la Gen Z no es una rabieta colectiva: es un diagnóstico, un grito generacional que advierte que las cosas no pueden seguir igual. Si ignoramos su voz, no solo fallamos como sociedad: perdemos la oportunidad de construir un país que no expulse a su propia juventud.
Y ya va siendo hora de entenderlo: cuando una generación entera marcha, no es ella la que está exagerando. Es el sistema el que está fallando.







