Dra. Dinorah Moreno.
Las y los jóvenes no están desinteresados en la política; están cansados de ciertas formas de hacer política. A muchos sí les importa lo que pasa, pero no se sienten representados por partidos, instituciones o discursos tradicionales, y por eso la conversación pública se ha movido a otros espacios. Hoy el debate juvenil ocurre sobre todo en entornos digitales, videos cortos, podcasts, contenidos virales, lo que vuelve la política más accesible y cercana a la vida cotidiana, aunque también puede acelerar la polarización y facilitar la desinformación si no se verifica lo que se comparte.
También hay obstáculos que frenan el diálogo, como la saturación de información, el miedo al conflicto en redes y la sensación de que nada cambia, por lo que muchas conversaciones se trasladan a espacios más seguros, con respeto y confianza. Para construir un debate más útil, conviene hablar desde experiencias antes que etiquetas, hacer preguntas con apertura, contrastar datos, separar a la persona del argumento. Entender la relación de las juventudes con la política exige dejar la idea de que no les importa: les importa, pero quieren coherencia, claridad y resultados. El reto no es convencerlos de hablar de política, sino utilizar su tiempo con información confiable, rendición de cuentas y decisiones públicas que se sientan cercanas y justas.
Además, la participación juvenil no se limita a opinar o debatir en línea. Muchas y muchos jóvenes se involucran a través de causas concretas que conectan con su realidad inmediata. Las luchas por parte de las y los jóvenes no siempre pasan por estructuras formales, sino por acciones colectivas, campañas digitales, voluntariados, intervenciones culturales o formas creativas de protesta que combinan lo personal con lo político. En ese sentido, la política deja de verse como algo desconocido y lejano para convertirse en una herramienta indispensable de interacción política.
También existe una fuerte demanda de autenticidad. Las y los jóvenes identifican fácilmente discursos vacíos, promesas repetidas o el uso oportunista de sus causas. Por eso desconfían de quienes solo aparecen en momentos electorales o hablan su lenguaje sin sostenerlo con acciones. La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace es un valor central, y cuando no está presente, se rompe el vínculo.
La diversidad de percepciones que tienen las y los jóvenes sobre el tema de política es inmenso es por ello que no existe una única forma juvenil de entender o vivir la política. Hay diferencias marcadas por el contexto social, el territorio, el acceso a derechos, la identidad y las experiencias personales. Mientras algunos jóvenes pueden debatir desde plataformas digitales, otros están más preocupados por sostener sus necesidades básicas. Reconocer estas desigualdades es clave para no exigir participación sin antes garantizar condiciones mínimas de inclusión y escucha real.
Por último, fortalecer el vínculo entre las y los jóvenes y la política requiere abrir espacios donde su voz no solo sea escuchada, sino tomada en serio. No basta con invitarlos a opinar si las decisiones ya están tomadas. Incluir a jóvenes en procesos de diseño, evaluación y control de políticas públicas es una forma concreta de devolverles la confianza. La participación no se construye desde la imposición, sino desde el reconocimiento mutuo, por ello, cuando las juventudes sienten que su palabra tiene impacto, la política deja de ser un ruido distante y se convierte en una posibilidad de transformación compartida y consciente.








