Opiniones Latitud.

  • El costo humano de la desinformación.

    Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.

    El tiroteo ocurrido en Teotihuacán volvió a encender una conversación que solemos evitar: ¿qué papel están jugando las redes sociales en la construcción de violencias cada vez más extremas? No es un caso aislado ni un fenómeno local. Es parte de un ecosistema digital donde el enojo, el resentimiento y el odio encuentran terreno fértil para crecer, organizarse y, en algunos casos, traducirse en acciones concretas.

    En los últimos años, han cobrado visibilidad comunidades en línea como los llamados incels (célibes involuntarios) o ciertos grupos que, bajo la bandera de los “derechos de los hombres”, construyen narrativas profundamente misóginas. No se trata de espacios de diálogo legítimo sobre desigualdades, sino de foros donde se normaliza la violencia simbólica, se deshumaniza a las mujeres y se refuerzan discursos que justifican el daño.

    El problema no es solo que estos contenidos existan. Es cómo circulan.

    Las plataformas digitales están diseñadas para maximizar la atención. Y el algoritmo —esa arquitectura invisible que decide qué vemos— privilegia lo que genera reacción: lo polémico, lo extremo, lo emocionalmente cargado. Así, una búsqueda casual puede convertirse en una cascada de contenido cada vez más radical. Lo que inicia como curiosidad termina siendo una inmersión en una narrativa cerrada.

    Ahí aparecen las llamadas cámaras de eco o burbujas digitales: espacios donde las personas solo consumen información que confirma sus creencias. Sin contraste, sin cuestionamiento, sin matices. En ese entorno, la desinformación se presenta como verdad y el discurso de odio se normaliza como opinión. 

    Esto no ocurre en el vacío. Ocurre en contextos donde hay frustración social, desigualdad, falta de oportunidades y crisis de identidad. Pero el entorno digital no solo refleja esas tensiones: las amplifica. Les da lenguaje, comunidad y, en los casos más graves, legitimidad.

    El desafío es complejo; no se trata de censurar ni de limitar la libertad de expresión. Se trata de reconocer que la libertad también implica responsabilidad, y que cuando el discurso cruza la línea hacia la violencia, deja de ser opinión para convertirse en riesgo. 

    La respuesta no puede ser únicamente tecnológica ni punitiva. Necesitamos una estrategia más profunda: Alfabetización Mediática e Informacional.

    Esto implica formar a niñas, niños, juventudes y personas adultas para entender cómo funcionan los algoritmos, identificar desinformación, reconocer discursos de odio y aprender cómo salir de burbujas digitales. Implica enseñar a cuestionar lo que se consume, a verificar fuentes, a construir pensamiento crítico.

    Pero también implica asumir una responsabilidad colectiva. Las plataformas deben transparentar sus procesos de recomendación y moderación. Los gobiernos deben diseñar políticas públicas que no criminalicen, pero sí protejan. Las escuelas deben incorporar estas herramientas como parte de la formación básica. Y las familias deben acompañar, no desde el control, sino desde el diálogo.

    El caso de Teotihuacán no puede leerse solo como un hecho violento aislado. Es también un síntoma de un entorno donde el odio encuentra eco y donde la radicalización ya no ocurre en espacios ocultos, sino a un clic de distancia. Si queremos sociedades más seguras, no basta con mirar la violencia cuando estalla. Hay que entender dónde se gesta. Y hoy, mucha, se está gestando en nuestras pantallas.

  • La nueva normalidad: Más de un millón de muertos.

    La nueva normalidad: Más de un millón de muertos.

    Por: Roberto Alfonso Gallardo Galindo.

    Las cifras de muertes en exceso en México deberían ser un escándalo, pero estamos anestesiados.

    Distintos análisis basados en registros nacionales estiman que entre 2020 y 2022, por la pandemia de COVID, hubo alrededor de 788,000 muertes en exceso en el país, es decir, fallecimientos adicionales a los esperados en condiciones normales. (arXiv) No se trata solo de personas que murieron directamente por el virus, sino también de quienes no recibieron atención médica, de quienes quedaron fuera del sistema saturado y de quienes murieron en medio del colapso sanitario. Aun así, la cifra se convirtió en un dato más, absorbido por el flujo informativo, como si la desaparición de casi ochocientas mil personas pudiera procesarse sin consecuencias emocionales ni sociales profundas.

    A esa tragedia se suma la violencia sostenida desde la llamada “guerra contra el narco”. Desde 2006, México ha acumulado más de 431,000 homicidios dolosos y alrededor de 94,000 personas desaparecidas hasta 2023, de acuerdo con datos oficiales recopilados por instituciones estadísticas y registros nacionales. (Excélsior) Son ejecuciones, cuerpos no identificados, hallazgos en fosas clandestinas por familias que llevan años tratando de reconstruir lo que ocurrió.

    Sin embargo, la repetición constante de estas cifras ha generado una peligrosa adaptación: la violencia dejó de ser extraordinaria para convertirse en algo normal.

    Ahora bien, si sumamos estas tragedias, el resultado es estremecedor. A un estimado de 788,000 muertes en exceso por la pandemia, sumemos más de 431,000 homicidios. Finalmente añadamos más de 94,000 desaparecidos. Con ello tenemos un total que supera los 1.3 millones de vidas perdidas o arrebatadas en poco más de quince años. Aún asumiendo que haya duplicaciones, estamos hablando de más de un millón de historias truncadas, de ausencias acumuladas de hermanos mexicanos en un periodo que no corresponde a una guerra formal, ni a una invasión, ni a un conflicto civil declarado.

    Cuando se compara esa cifra con las guerras que formaron nuestro país, la dimensión se vuelve aún más inquietante. La Independencia de México dejó entre 200,000 y 600,000 muertos; la Guerra de Reforma provocó entre 40,000 y 50,000; y la Revolución Mexicana, entre uno y dos millones de fallecidos según distintas reconstrucciones históricas.

    Tenemos cifras de muerte comparables con las guerras que nos dieron constituciones y redefinieron el rumbo nacional, sacrificios sin proyecto colectivo que los explique ni transformación que los justifique.

    Lo más grave es que estamos aceptando como cotidiano lo que debería sacudirnos, permitiendo que el horror se vuelva rutina y que la tragedia se diluya en la indiferencia.

    Entendamos: Normalizar las muertes y las desapariciones es lo que las hace crecer.

    Debemos reaccionar y movilizarnos en contra de esta apatía. Hagámoslo por decencia, conciencia y por nuestro sentido de supervivencia.

  • Ciencia para otros planetas, deuda en la Tierra.

    Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.

    En abril de 2026, la humanidad volvió a la Luna. La noticia recorrió el mundo como un símbolo de progreso, de capacidad técnica, de persistencia científica. Décadas de investigación, inversión y cooperación internacional hicieron posible lo que durante mucho tiempo fue solo una aspiración: regresar y, ahora sí, pensar en quedarnos.

    Entre la tripulación viajó también una mujer. Y aunque su presencia es motivo de celebración, también es inevitable hacerse una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que estemos pensando en poblar otros planetas cuando aún sabemos tan poco sobre la mitad de la población que habita este?

    La paradoja es brutal.

    Mientras la ingeniería aeroespacial alcanza niveles de precisión extraordinarios, el conocimiento científico sobre el cuerpo de las mujeres sigue siendo incompleto, tardío y, muchas veces, secundario. Durante décadas, los ensayos clínicos nos excluyeron por considerarnos “variables complejas”. Los ciclos hormonales, la capacidad reproductiva, las diferencias biológicas fueron vistas como obstáculos metodológicos, no como campos necesarios de estudio.

    El resultado es un vacío que sigue teniendo consecuencias reales.

    Hoy sabemos que muchas enfermedades se manifiestan de forma distinta en mujeres y hombres, pero los diagnósticos continúan basándose en síntomas “promedio” construidos desde cuerpos masculinos. Sabemos que los efectos de ciertos medicamentos varían según el sexo, pero la investigación específica sigue siendo limitada. Sabemos que la salud mental, el dolor crónico, las enfermedades autoinmunes y la salud reproductiva femenina han sido históricamente subestimadas o mal comprendidas.

    Es decir: queremos habitar otros mundos, pero aún no entendemos completamente este.

    La presencia de una mujer en una misión lunar no debería ser solo un símbolo de inclusión, sino un recordatorio de la deuda pendiente. Porque no se trata únicamente de cuántas mujeres participan en la ciencia, sino de qué ciencia se produce y para quién.

    El conocimiento también tiene género. Y durante mucho tiempo, ese conocimiento ha ignorado, simplificado o invisibilizado la experiencia femenina.

    Pensar en colonizar otros planetas exige respuestas complejas: cómo vivir, cómo reproducirse, cómo adaptarse a nuevas condiciones físicas. Pero esas preguntas no pueden responderse adecuadamente si seguimos arrastrando vacíos sobre el funcionamiento del cuerpo, el cerebro y la salud de nosotras las mujeres aquí, en la Tierra.

    Hay algo profundamente preocupante en este momento histórico: avanzamos hacia el espacio exterior sin haber resuelto las desigualdades en nuestro propio conocimiento científico. Como si la frontera estuviera allá arriba, cuando en realidad también está aquí, en lo que aún no entendemos, en lo que no hemos querido mirar con la misma urgencia.

    Celebrar la llegada a la Luna es válido. Pero también es necesario detenernos y cuestionar qué tipo de progreso estamos construyendo. Uno que invierte miles de millones en explorar otros mundos, mientras sigue considerando secundario comprender plenamente a quienes ya habitan este.

    Porque el verdadero avance no solo se mide en kilómetros recorridos fuera del planeta, sino en la profundidad con la que entendemos la vida dentro de él. Y en ese terreno, todavía estamos lejos.

  • (D)escribo – Los nuevos sitios.

    Por: Joshua Hernández.

    En la guerra nadie gana. Hollywood nos malacostumbró a pensar en las guerras como el recurso final como promotor de la libertad o cualquier otro valor por el cual vale la pena morir; sin embargo, no es cierto, siempre han sido intereses políticos y económicos. Ahora, el cinismo de Donald Trump nos permite reflexionar al respecto.

    Lejos de entender el conflicto promovido por Estados Unidos (EEUU) e Israel en Irán como un acto más del imperialismo, quiero hacer énfasis en que, mientras EEUU inició la guerra con un interés meramente petrolero y de dominio regional, el país persa, que llevaba preparándose por más de 40 años, se planteó una guerra de resistencia.

    Lo que demuestra que EEUU no gana si se juega la carta del capitalismo en su contra. Irán no se preparó para arrasar con las tropas y flotillas estadounidenses; Irán se preparó para hacer que el lobby de defensa evidenciara su inutilidad en la bolsa.

    Ahora, se entiende el paradigma del sistema, donde la eficacia, si no es rentable, no es eficacia. En otras palabras, lo que entendió Irán fue que el sistema económico de EEUU fue su misma trampa, detectó el fallo y lo explotó. Ahí radica la «no victoria» estadounidense. Pero tampoco podemos decir que ya es una victoria para Irán. Por mucho que se lamente, Israel está en pie, y si esto es así, Irán, ni ningún otro país de la región que busque su soberanía, estará a salvo.

    No es nada despreciable demostrar que el dragón puede sangrar y lo que hizo Irán es una demostración de supremacía estratégica, pero con este conflicto, se pinta el único panorama para el diseño de las guerras venideras, porque ahora, además de iniciar con el asesinato de más de 180 niñas en una escuela, estarán hechas para durar y asfixiar, pero no se trata de poner ciudades o Estados bajo sitio de manera tradicional, como en Cuba, sino de un nuevo sitio, en el que se realizarían ataques esporádicos y sólo para recordar que el conflicto sigue vigente.

    Aquí la pregunta es si EEUU aprendió la lección y en caso de que así sea, ¿No es demasiado tarde para una nación cuya deuda oscila los 40 billones de dólares y tiene comprometido gran parte de sus ingresos tributarios ante el lobby de defensa? Eso sin contar que aún es chantajeado por Israel.

  • Educar para no evadir.

    Por Dinorah Moreno.

    El mundo adulto suele observar a la Generación Z con desconcierto: crecieron en un entorno completamente digitalizado y, aun así, muestran una marcada desconfianza hacia partidos políticos, instituciones y liderazgos tradicionales. Lejos de tratarse de apatía, esta actitud refleja una forma distinta de relacionarse con la política. Para muchos jóvenes, los partidos representan estructuras desgastadas, asociadas con corrupción, ineficiencia y falta de representación. La distancia que mantienen no es indiferencia, sino una respuesta crítica ante un sistema que perciben como cerrado y poco prometedor para su futuro. A esto se suma una realidad económica adversa, donde predominan empleos inestables y salarios insuficientes que dificultan alcanzar la independencia.

    Frente a este panorama, las nuevas generaciones han optado por transformar su inconformidad en formas innovadoras de participación. Cuando no encuentran cabida en los espacios institucionales, crean los suyos propios en plataformas digitales como TikTok, Twitch o comunidades en línea. En estos entornos, la cultura pop se convierte en un vehículo de expresión política, mientras que las redes sociales funcionan como espacios de organización y debate. A través de hashtags convocan movilizaciones, impulsan causas sociales, difunden información mediante contenidos accesibles y participan activamente en discusiones en tiempo real. Este tipo de activismo digital no sustituye la acción tradicional, sino que la complementa y amplía.

    La Generación Z no es homogénea, pero comparte un cansancio generalizado frente a la corrupción y las promesas incumplidas. En ocasiones, esto se traduce en la expectativa de soluciones rápidas o figuras que aparenten resolver problemas complejos. Sin embargo, también se caracteriza por su capacidad crítica: no dudan en cuestionar movimientos o líderes cuando sienten que no cumplen con sus expectativas, y están dispuestos a redirigir su apoyo hacia otras alternativas. Comprender su postura implica escuchar sus experiencias, reconocer las condiciones que enfrentan y aceptar que su manera de participar redefine las formas tradicionales de hacer política.

    En última instancia, esta desconfianza puede interpretarse como una oportunidad. Al demandar mayor transparencia, inclusión y estructuras más horizontales, la Generación Z pone en evidencia que la política no debe ser exclusiva de quienes la ejercen profesionalmente. Su cuestionamiento a las élites abre espacio a nuevas voces, lenguajes y formatos de participación. Si las instituciones no logran integrarlos, ellos seguirán construyendo sus propios canales de expresión. La cuestión, entonces, no es por qué desconfían, sino si el sistema democrático será capaz de transformarse para incorporarlos.


    Además, es importante reconocer que esta generación ha crecido en un contexto marcado por crisis constantes: desde cambios climáticos evidentes hasta incertidumbre económica y transformaciones tecnológicas aceleradas. Este entorno ha moldeado una conciencia social más aguda y una sensibilidad particular hacia temas como la sostenibilidad, la equidad y los derechos humanos. Por ello, su participación política no siempre se canaliza a través de los mecanismos tradicionales, sino mediante causas específicas que consideran urgentes y cercanas a su realidad cotidiana.

    Finalmente, el reto no solo recae en la Generación Z, sino también en las instituciones y generaciones anteriores. Adaptarse a nuevas formas de comunicación, abrir espacios reales de participación y reconstruir la confianza son tareas indispensables para fortalecer la vida democrática. Ignorar o descalificar estas nuevas expresiones políticas solo profundiza la brecha. En cambio, reconocerlas y dialogar con ellas puede ser el primer paso para construir un sistema más representativo, dinámico y acorde a los desafíos del presente.

  • México: Atrapado en debates del pasado.

    México: Atrapado en debates del pasado.

    Por: Roberto Alfonso Gallardo Galindo.

    Mientras el mundo avanza en discusiones cruciales sobre inteligencia artificial, transición energética, geopolítica moderna y economías del conocimiento, México permanece atrapado en un debate público estéril y anacrónico. Nuestra conversación nacional no sólo es irrelevante para los desafíos actuales, sino que actúa como una cortina de humo que perpetúa un sistema político agotado.

    Por un lado, se desperdician energías en la discusión de si “la izquierda” es mejor que “la derecha”. Este esquema carece de sentido en un sistema donde todos los partidos mayoritarios provienen del mismo sustrato: una Constitución corporativista, creadora de una partidocracia que opera al margen del interés general. Un vistazo a la realidad lo confirma: estos partidos dan prioridad a su lealtad interna sobre el marco legal que juraron defender. Si son capaces de ignorar el Derecho, ¿con qué credibilidad invocan ideologías vagas y maleables como “izquierda” o “derecha”? Es un teatro ejecutado para simular diferencias en donde hay, en realidad, un pacto tácito de preservación del statu quo.

    Por otro lado, el escándalo público se reduce a una competencia pueril por señalar “quién es más corrupto”. La verdadera crisis no es la corrupción personal, sino la impunidad generalizada. El escándalo no es que haya un corrupto, sino que todos sean acusados y nada pase. Centrarse en el ranking de deshonestidad es un ejercicio que distrae de la demanda central: necesitamos instituciones que, por diseño, hagan imposible la corrupción y castiguen sin excepción cualquier delito. Discutir quién es “menos peor” normaliza el que todos sean malos.

    Peor aún, nuestra política sigue anclada en consignas históricas venerables pero hoy insuficientes. “Sufragio efectivo, no reelección” o “Tierra y Libertad” fueron faros en su momento, pero no son un programa para el siglo XXI. Los retos principales de México ya no son los de 1910 o 1917. Hoy exigimos un crecimiento económico sustentable y sostenido a través de la consolidación de un modelo industrial moderno y el salto acelerado a la economía del conocimiento, la innovación y la tecnología, junto con la participación ciudadana, todas ellas vías para alcanzar una seguridad efectiva que garantice el derecho básico de la población a vivir libre de la violencia criminal y la corrupción institucionalizada que fracturan el tejido social.

    Aferrarse a modelos caducos, consignas obsoletas y discusiones barrocas nos deja indefensos ante nuevas amenazas que sí entendieron la modernidad: el avance de un socialismo del siglo XXI que erosiona la democracia y la familia, así como el fundamentalismo religioso que ha mutado de opresor local a poder transnacional con capacidad de desestabilización. Estas fuerzas entrelazadas comparten un objetivo: debilitar la gobernanza democrática y republicana para imponer modelos autoritarios de control. Mientras nosotros discutimos sobre fantasmas ideológicos del pasado, ellos actúan, cooptando desde periodistas hasta Presidentes.

    Estamos a tiempo de ponernos al día. La lucha no debe ser por un lugar en la mesa del sistema de partidos, un sistema que, en su pugna por el poder, amenaza con regresarnos de facto al partido único mediante todo tipo de fraudes a la democracia.

    La verdadera lucha es por la sociedad mexicana del futuro: competitiva, informada, participativa, segura, con movilidad social basada en el mérito y anclada en instituciones democráticas fuertes.

    Debemos dejar atrás el modelo caduco de la revolución mexicana, y dejar de seguir el “guión” establecido por el statu quo.

    El llamado es a movilizarnos no por comparaciones entre ideologías vagas, menos aún por competencias entre partidos siameses, ni por lemas del pasado, sino por una agenda que aborde retos concretos: talento en la administración, justicia que se cumpla, educación de excelencia y una economía que ofrezca oportunidades reales. La alternativa es seguir siendo espectadores del retroceso, discutiendo irrelevancias mientras el futuro se decide sin nosotros.

  • No negociamos con terroristas.

    No negociamos con terroristas.

    Por: Rafael Páramo.

    Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Estados Unidos repetía como mantra una frase que sonaba firme, casi moral. “No negociamos con terroristas”. Era el argumento para justificar guerras, invasiones y decisiones que marcaron generaciones. Hoy, esa frase no sólo perdió fuerza, perdió la poca coherencia que pudo llegar a tener.

    Porque mientras el presidente Donald Trump celebraba un acuerdo con Irán que prometía un alto al fuego en una de las regiones más tensas del mundo, su principal aliado en Medio Oriente lanzaba un ataque sobre Líbano con más de 160 bombas en apenas 10 minutos. Diez minutos. El tiempo que dura un café, una llamada, un trayecto corto. Suficiente para devastar comunidades enteras. La contradicción es brutal.

    Por un lado, se construye una narrativa de negociación, de diplomacia, de contención. Por otro, se ejecutan acciones que dinamitan cualquier intento de estabilidad. Y en medio de esa doble cara, lo que queda es una pregunta incómoda: ¿qué significa hoy “defender la libertad y la democracia”?

    Porque si a esto se suma lo que ocurre en Gaza —donde las denuncias internacionales ya no sólo hablan de conflicto, sino de un genocidio— el discurso de “llevar libertad al mundo” pierde la mínima justificación evidenciando que sólo se trata de los intereses de unos cuantos por encima de la cultura, los recursos y la vida de millones.

    Durante décadas, Estados Unidos construyó su papel global bajo la idea de ser garante del orden internacional, promotor de derechos humanos, defensor de la democracia. Pero ese papel depende de algo fundamental como la legitimidad. Y la legitimidad no se impone. Se construye. Y también se pierde.

    Cada bombardeo que contradice un discurso diplomático, cada aliado que actúa con impunidad, cada doble estándar en la aplicación del derecho internacional, erosiona esa legitimidad. No de golpe, sino poco a poco. Como una grieta que se ensancha hasta que ya no se puede ignorar. Pero ojo, que hoy el problema no es sólo geopolítico. Es humano.

    Porque detrás de cada cifra hay vidas. Familias. Historias que no entran en los comunicados oficiales. Y mientras las potencias discuten estrategias, quienes viven en esas regiones no están pensando en equilibrios de poder. Están pensando en sobrevivir. Ahí es donde todo discurso se rompe.

    La gente no quiere guerra. No quiere ser pieza en un tablero donde las decisiones se toman a miles de kilómetros de distancia. No quiere que su vida dependa de una negociación que puede celebrarse en la mañana y desmoronarse en la noche. Y sin embargo, el ciclo se repite. Se negocia, se anuncia, se celebra… y se bombardea.

    La ironía es evidente. Aquella frase de “no negociamos con terroristas” se utilizó para justificar intervenciones militares en distintos países. Hoy, la realidad muestra algo distinto: se negocia cuando conviene y se ataca cuando también conviene. La línea moral está más erosionada que nunca.

    Eso no sólo afecta la percepción global de Estados Unidos. Afecta la credibilidad del sistema internacional en su conjunto. Porque si las reglas cambian según el actor, dejan de ser reglas. Y cuando eso pasa, el mensaje para el resto del mundo es muy peligroso: la fuerza sigue siendo el lenguaje dominante.

    En ese contexto, la pregunta no es si habrá más conflictos, la pregunta es cuánto más puede sostenerse un discurso que ya no coincide con los hechos. Porque al final, más allá de ideologías, banderas o alianzas, hay algo que sigue siendo evidente: la gente no quiere guerra. Quiere vivir. Y cada vez que una bomba cae, esa aspiración básica se vuelve más lejana.

  • (D)escribo – Nos sobran traidores

    (D)escribo – Nos sobran traidores

    Por: Joshua Hernández.

    Al régimen de Donald Trump le urge encontrar traidores alrededor del mundo. En México, donde abundan, se sospecha de uno más: Vampipe.

    The Guardian acaba de publicar (30 de marzo de 2026) que el personal de todas sus embajadas y consulados estadounidenses trabaja con la unidad de operaciones psicológicas del Pentágono para abordar el problema de la “desinformación generalizada”, lo cual exige combatir “esfuerzos coordinados de extranjeros para socavar los intereses estadounidenses en el exterior”. En otras palabras, las embajadas están obligadas a iniciar campañas de desinformación y manipulación mediática que sirva a los intereses de Estados Unidos. “Contar la historia correcta” forma parte de las metanarrativas a las que se suman viejos clásicos como “estamos liberando a Irán”, “vamos por las armas de destrucción masiva de Irak” y, más recientemente, la creación del término “narcoterrorismo”.

    De acuerdo con un cable firmado por Marco Rubio el 23 de marzo, se instruyó a las embajadas reclutar influencers, académicos y demás líderes para difundir su contrapropaganda. La idea es que este contenido se sienta orgánico en cada país.

    The Guardian sostiene que Sarah B. Rogers, titular de la Subsecretaría de Diplomacia Pública, declaró “prioridad absoluta” la lucha contra la propaganda antiestadounidense, y que el departamento adoptaría una postura firme sobre este tema utilizando plenamente todas las herramientas de su arsenal diplomático. Esto incluye la coordinación bajo Operaciones Psicológicas del Departamento de Guerra, unidad militar conocida como Operaciones de Apoyo a la Información Militar (MISO).

    A continuación, un extracto del documento al que hace referencia The Guardian:

    «Estas campañas buscan culpar a Estados Unidos, sembrar la división entre aliados, promover visiones del mundo alternativas contrarias a los intereses estadounidenses e incluso socavar los intereses económicos y las libertades políticas de Estados Unidos. Mediante plataformas digitales, medios de comunicación controlados por el Estado y operaciones de influencia, representan una amenaza directa para la seguridad nacional de Estados Unidos y alimentan la hostilidad hacia los intereses estadounidenses».

    Y el 25 de marzo (dos días después de la firma del documento), “Voces sin fronteras”, el podcast de la embajada de Estados Unidos en colaboración con el Tec. de Monterrey y conducido por Alejandro Barrón, publicó el episodio 3 de la temporada 5, donde tienen de invitado a Vampipe, lo cual podría ser parte de esta campaña de propaganda. aunque se deben de tomar en cuenta unas valoraciones; por un lado, en el programa (sumamente aburrido) se evitó tratar temas de política (hablaron de su carrera, la IA, indofemia, cajas de resonancia y cómo vivir de generar contenido); por el otro, Vampipe es un perfil ad hoc al régimen colonial. Tiempo al tiempo.

  • Entre la fe y la proyección nacional: Iztapalapa como escenario simbólico de México ante el mundo

    Entre la fe y la proyección nacional: Iztapalapa como escenario simbólico de México ante el mundo

    Por: Dr. Felipe Marañón Lazcano.

    Cada año, el viacrucis de Iztapalapa se erige como una de las manifestaciones más significativas de la religiosidad popular en México, congregando a millones de personas en un ejercicio colectivo de fe, memoria y tradición. Su origen, vinculado a una promesa comunitaria del siglo XIX, ha trascendido generaciones hasta consolidarse como un referente cultural de alcance nacional e internacional. En este sentido, más allá de su dimensión litúrgica, el evento constituye una expresión viva del tejido social que articula identidad, historia y participación comunitaria.

    Desde una perspectiva analítica, el viacrucis puede entenderse también como un dispositivo de comunicación social profundamente arraigado. Sin desvirtuar su carácter religioso, la representación funciona como un acto simbólico que transmite valores, narrativas y significados compartidos. La teatralidad, la escenificación y la reiteración anual permiten que el mensaje trascienda lo individual y se instale en lo colectivo, operando como una forma de comunicación cultural que refuerza la cohesión social y la continuidad de tradiciones.

    En este marco, el concepto de propaganda adquiere un sentido ampliado y no necesariamente político-partidista. Se trata, más bien, de una propaganda simbólica y cultural que difunde una imagen de comunidad organizada, de identidad sólida y de pertenencia compartida. El viacrucis no persuade en términos ideológicos, pero sí proyecta una narrativa sobre México: un país donde las tradiciones persisten, donde la colectividad se moviliza y donde la fe se convierte en un elemento articulador del espacio público.

    Un elemento central en esta lectura es la capacidad organizativa que implica la realización del evento. La logística, la coordinación institucional y los operativos de seguridad necesarios para garantizar el desarrollo de una concentración masiva de esta magnitud evidencian un nivel significativo de gestión pública y participación social. Este aspecto no es menor, ya que contribuye a la construcción de una imagen de orden, control y convivencia pacífica, factores que inciden directamente en la percepción tanto interna como externa del país.

    Asimismo, el viacrucis de Iztapalapa se inserta en las dinámicas del turismo religioso y cultural, posicionándose como un atractivo que trasciende lo devocional para convertirse en un punto de interés global. Visitantes nacionales e internacionales encuentran en esta representación no solo un acto de fe, sino una experiencia cultural que permite comprender la profundidad simbólica de México. En este sentido, el evento funciona como una forma indirecta de promoción territorial, donde la cultura se convierte en un activo estratégico.

    En un contexto internacional marcado por la proximidad de eventos de gran escala como la Copa del Mundo 2026, este tipo de manifestaciones adquiere una relevancia adicional. Sin formar parte de una estrategia oficial de comunicación, el viacrucis opera como una antesala simbólica que proyecta capacidades organizativas, riqueza cultural y estabilidad social. Se configura así como un elemento que, desde lo emocional y lo identitario, contribuye a posicionar a México en el imaginario global.

    En síntesis, el viacrucis de Iztapalapa puede comprenderse como un fenómeno multidimensional donde convergen fe, cultura y comunicación. Su relevancia no radica únicamente en su significado religioso, sino en su capacidad para articular narrativas colectivas, fortalecer la identidad social y proyectar una imagen de país ante el mundo. Desde un enfoque respetuoso y neutral, la evidencia indica que este tipo de prácticas, lejos de ser ajenas a la modernidad, participan activamente en la construcción simbólica de México en el siglo XXI.

  • (D)escribo – Limpieza profunda.

    (D)escribo – Limpieza profunda.

    Por: Joshua Hernández.

    El Partido Verde Ecologista de México le pisa los talones a Acción Nacional. Mientras el albiazul cuenta con 70 diputados, el Verde tiene 62; y mientras los ultraconservadores tienen 21 senadores, las rémoras de Morena cuentan con 14. Además, el formar parte de la coalición más votada en la historia de México los ha fortalecido a niveles inusitados, pues pueden competir y tener verdaderamente la oportunidad de ganar por sí solos la gubernatura de San Luis Potosí.

    Pero, ¿qué hacen con todo este poder? Garantizar los mecanismos que lo mantengan por arriba del PRI, MC y PT, sin importar que esto no convenga a la integración del movimiento de la Cuarta Transformación. Por su cuenta, el Partido del Trabajo, sin tantos escaños, hace algo similar. Por ello, tanto el Verde como el PT votaron igual en la Reforma Electoral de Claudia Sheinbaum.

    Esto fue la gota que derramó el vaso, pues si de por sí es difícil tratar con la élite partidista de Morena (los Monreal, López, Fernández…), que muchas veces juega en contra de lo que promueve Sheinbaum, ahora, sus dos partidos rémora (que los tiene por obligación legal y no por necesidad popular) la traicionaron.

    Me parece que Sheinbaum ya tenía este cálculo en mente cuando llevó su iniciativa al Legislativo y rematar con su frase: «yo ya cumplí», pero le puede jugar como un arma de doble filo. Por un lado, muestra poco control en la coalición, misma que obtuvo esa popularidad por ella (y que ahora busca venderle más caro su amor), pero por el otro lado, muestra tanto al Verde como al PT como una bola de malagradecidos celosos del poco poder que lograron amasar gracias a Morena, AMLO y Sheinbaum.

    Entonces, ¿qué toca? Pues barrer la casa. Con la nueva iniciativa de reforma electoral de Sheinbaum, el llamado Plan B, muestra que, en materia electoral, a la presidenta no le tiembla la mano barrer las escaleras de abajo hacia arriba y dar otro repazón de arriba para abajo y después trapear, para después sanitizar y después purificar el aire.

    Los legisladores del PT y el Verde (especialmente el Verde), le jugaron mucho al valiente y creen que desde sus escaños y sus redes sociales tendrán la misma difusión que Sheinbaum desde las mañaneras y la verdad es que no. Quedaron marcados y los verdaderos coscorrones se van a ver en las elecciones del próximo año.

    Se antojan unas campañas llenas de desprestigio y personajes arrepentidos suplicando piedad. Por el otro lado, se antojan ciudadanos que sepan castigar con el voto.