Opiniones Latitud.

  • Mientras Morena pelea, Samuel conecta.

    Por: Rafael Páramo.

    La política tiene una regla sencilla que a veces los partidos olvidan, esta es que la gente rara vez premia al que hace más ruido; y suele premiar al que entrega resultados. Y mientras en Nuevo León, Morena consume buena parte de su energía resolviendo pleitos internos, el gobernador Samuel García parece haber entendido que la conversación ciudadana va por otro lado.

    Hoy la gente habla del Mundial, de los nuevos espacios públicos, de la movilidad, de las inversiones y de la infraestructura que quedará como legado. Mientras tanto, en Morena siguen hablando de coordinaciones, candidaturas, juicios políticos y disputas internas. Como si no existiese un contexto sumamente complicado a nivel nacional para los guindos. Pero al final, son dos conversaciones completamente distintas. Y la segunda, francamente, cada vez conecta menos con el ciudadano.

    La visita de Ariadna Montiel, lideresa nacional de Morena, buscaba transmitir una imagen de orden y autoridad. La intención era cerrar filas rumbo al 2027 y enviar el mensaje de que Morena tiene el control de Nuevo León. Pero no fue exactamente lo que ocurrió. Al parecer, lejos de apagar incendios, terminó alimentándolos.

    Los egos, de por sí frágiles, salieron más lastimados que fortalecidos. Diputados molestos, aspirantes inconformes, militantes excluidos y una sensación general de que las decisiones ya venían tomadas desde antes de llegar a Monterrey.

    Las versiones que circularon después de la reunión hablan por sí solas. Que a Jesús Elizondo y Mario Soto no los dejaron entrar. Que la llamada «Tía Tatis» salió evidentemente molesta. Que nadie tuvo derecho de réplica. Que nadie pudo hablar. Si eso pretendía ser un ejercicio de unidad, terminó pareciéndose más a una reunión donde el silencio era obligatorio.

    Y como si el panorama no fuera suficientemente complicado, Mario Soto anunció este lunes que deja la coordinación de la bancada de Morena en el Congreso local. Oficialmente se habla de una rotación previamente acordada. Políticamente, sin embargo, el movimiento refleja algo más profundo, que Morena vuelve a quedarse sin liderazgo legislativo justo cuando más necesita cohesión.

    No deja de llamar la atención que el mismo bloque que intentó construir un juicio político en contubernio con el PRIAN, en contra el gobernador ahora ni siquiera logre ponerse de acuerdo entre sus propios integrantes. Algunos ya acusan a Soto de estar demasiado cerca de Samuel García; otros cuestionan el rumbo del partido; y varios aspirantes a la gubernatura tampoco terminan de aceptar las señales que llegan desde el centro del país. El resultado es un partido navegando sin brújula a poco más de un año de la elección.

    Y el juicio político tampoco parece ayudarles. Más allá de las diferencias políticas, resulta difícil construir un caso sólido cuando buena parte de la narrativa pública termina descansando en notas periodísticas y no en elementos jurídicos contundentes. Eso explica por qué ni dentro del propio bloque opositor existe un entusiasmo unánime para empujar esa estrategia.

    Mientras tanto, afuera ocurre algo completamente distinto.

    Samuel García aparece recorriendo los espacios públicos construidos para el Mundial, conviviendo con ciudadanos, saludando familias y disfrutando una infraestructura que, más allá del torneo, permanecerá durante décadas como patrimonio de la ciudad. Podrá gustar o no su estilo relajado, su conocido modo party, pero políticamente el mensaje conecta con una ciudadanía que hoy parece mucho más interesada en disfrutar los resultados que en seguir una guerra legislativa.

    Y ahí está quizá el verdadero problema para Morena. Las encuestas siguen colocándolo en segundo o incluso tercer lugar rumbo al 2027. Ninguno de sus perfiles despega con claridad y las fracturas internas sólo alimentan la percepción de improvisación. Si a eso se suma la llegada de figuras como Alejandro Murat, cuya recepción en Nuevo León distó mucho de ser entusiasta, el panorama se vuelve todavía más complejo.

    La historia reciente ya ofrece un espejo incómodo, Coahuila. Un partido dividido, candidaturas desgastadas, disputas internas y una oposición incapaz de construir un proyecto competitivo. La política siempre deja una enseñanza. Cuando los partidos se obsesionan con sus propias batallas internas, dejan de escuchar la conversación que realmente importa. Y hoy esa conversación no gira alrededor de coordinadores legislativos, egos lastimados o reuniones privadas. La gente quiere seguridad, movilidad, empleo y resultados.

    La verdadera disputa rumbo al 2027 no está en los pasillos del Congreso, sino en la calle.

  • Los peligros del cinismo y la publicidad política. 

    Los peligros del cinismo y la publicidad política. 

    Por: Tuur Ghys y Alexis Austria.

    Han comenzado los primeros pasos hacia las elecciones de 2027 y, con ello, viene la ola de publicidad política. Ya estamos acostumbrados, es como un anuncio al sofocante tapiz que estará por todas partes en unos meses. Pero, a pesar de que en Nuevo León las elecciones son inseparables de ser ahogado en publicidad, la sagacidad de nuestros políticos (y su cinismo) no nos deja de sorprender. 

    Eso que llama particularmente la atención son los panorámicos políticos que publicitan portadas de revistas, mostrando imágenes enormes de un potencial candidato, con lea la entrevista escrito a su lado. Todos han visto esos panorámicos y nadie lee las entrevistas. Cualquiera puede ver detrás de ellos, nadie cree que, en pleno 2026, es comercialmente viable publicitar revistas impresas en tal escala: son una manera (junto con los “informes”) en la cual los potenciales candidatos pueden sacarle la vuelta a las leyes que prohíben las precampañas; estos son anuncios políticos en forma y sustancia. Uno podría pensar ¿A quién engañan? Pero eso es lo que resulta particularmente ofensivo al espíritu de la ley. Estos vacíos legales no están escondidos, sino que están diseñados para ser vistos: el emperador quiere que sepas que no tiene ropa.

    El hecho de que todas las facciones políticas parecen estar participando de este descarado quebrantamiento de las reglas de precampaña alza la pregunta de qué están haciendo las autoridades electorales ¿Cómo pueden ser ciegas ante lo que somos forzados a ver diariamente? ¿Cómo aún no se han reformado las reglas para ilegalizar este obvio quiebre del espíritu de la ley? Puedes estar en desacuerdo con nosotros, pero si sostienes que esto no está tan mal y debería ser permitido ¿Por qué no legalizamos los panorámicos de precampaña en lugar de este incómodo – guiño guiño – desvío a través de las revistas de entrevistas? ¿Por qué añadir, al fastidio de la publicidad, la vergüenza de abiertamente violar el espíritu de la ley?  

    La relevancia de regular esta clase de panorámicos va más allá de la falta de gusto: estos aumentan el costo de las campañas, creando una necesidad de asegurar fondos. Como ha demostrado nuestra propia investigación (y como es ampliamente conocido dentro de los círculos políticos), la presión financiera hace que los candidatos busquen financiamiento entre donadores que cobran el favor a cambio de imponer sus intereses, intereses que compiten con aquellos de los votantes. La democracia depende, entonces, del mantener bajos los costos de (pre)campaña y no es difícil ver en donde encajan los panorámicos en todo esto: si un vacío de la ley está abierto para todos, aquellos jugadores que no lo usen acumularan una desventaja competitiva en el juego – castigando especialmente a los candidatos menos reconocidos que necesitan pelear para que reconozcan su nombre. 

    Afortunadamente, la esencia de la contramedida es simple: hay que bajar ampliamente el costo potencial de las campañas, entre haya menos cosas en las que gastar, menos gasto se necesita en una situación competitiva. 

    El excesivo costo de las campañas en Nuevo León y la asfixia publicitaria que vivimos son dos aspectos de una misma cosa que, en este momento, no podríamos diagnosticar científicamente– cinismo, capitalismo, ausencia de autoridad electoral, todas las anteriores. Pero sí podríamos decir que es algo propio la carrear de ratas en sí misma, no que la democracia no puede funcionar sin enterrar a los votantes en publicidad. 

  • El Mundial que no es nuestro

    Por: Laura Campos Guido – @laura_camposguido.

    México vuelve a ser sede de un Mundial de fútbol. Se trata de un acontecimiento histórico, por tercera ocasión, nuestro país recibirá el torneo deportivo más importante del planeta. Durante meses hemos escuchado que el Mundial traerá turismo, inversión, proyección internacional y oportunidades económicas.

    Y sin embargo, para muchas personas, la sensación es extraña: el Mundial está aquí, pero parece no ser nuestro.

    Hace más de un año comenzaron las conversaciones, los anuncios, las obras y las campañas de promoción. Desde entonces, la palabra «Mundial» se ha instalado en discursos oficiales, ruedas de prensa y estrategias de comunicación. Pero conforme se acerca la fecha, también se hace evidente una distancia entre el evento que se promociona y la experiencia de quienes habitamos las ciudades anfitrionas.

    Los boletos para asistir a los partidos están fuera del alcance de la mayoría de las familias mexicanas. Lo que debería ser una fiesta popular terminó convirtiéndose en una experiencia reservada para quienes pueden pagar precios cada vez más elevados. El fútbol, tradicionalmente asociado a las clases trabajadoras y a los espacios comunitarios, parece haberse transformado en un espectáculo premium.

    Ni siquiera ver los partidos resulta sencillo. Entre plataformas de streaming, transmisiones restringidas y derechos exclusivos de transmisión, seguir el torneo exige recursos económicos y acceso tecnológico que no todas las personas tienen. Paradójicamente, el evento deportivo más popular del mundo es cada vez menos accesible para el público que lo convirtió en fenómeno global.

    Mientras tanto, las ciudades han vivido otro tipo de Mundial: el de las obras.

    Calles cerradas, cambios en la movilidad, intervenciones urbanas aceleradas y molestias cotidianas justificadas en nombre de la modernización. Algunas de estas mejoras pueden ser necesarias e incluso positivas, el problema aparece cuando la conversación pública parece centrarse más en cumplir con los estándares del evento que en responder a las necesidades permanentes de quienes vivimos ahí todos los días.

    Porque los estadios recibirán visitantes durante algunas semanas. Las personas habitaremos estas ciudades durante décadas.

    Quizá por eso el entusiasmo no se siente tan unánime como en otros tiempos. No porque la gente rechace el fútbol, lo que genera distancia es la sensación de que el Mundial se ha convertido en un proyecto diseñado para las marcas, los patrocinadores, las cadenas de televisión y los visitantes internacionales, mientras la ciudadanía ocupa un lugar secundario.

    Los grandes eventos deportivos tienen la capacidad de generar orgullo colectivo. Pero ese orgullo necesita construirse desde la inclusión. Necesita que las personas puedan participar, disfrutar y reconocerse en la celebración. Dentro de algunos días comenzarán los partidos y millones de personas volverán a emocionarse frente a una cancha. El fútbol conserva esa capacidad extraordinaria de reunirnos.

    Ojalá que cuando termine el torneo también podamos preguntarnos para quién se construyen las ciudades, quiénes disfrutan realmente los beneficios de estos eventos y qué legado dejan más allá de las fotografías y las ceremonias.

    Porque un Mundial puede durar un mes. La vida cotidiana de una ciudad, en cambio, permanece mucho después del silbatazo final.

  • Euphoria por la narrativa.

    Por: Rafael Páramo.

    I. La Industria cultural, la narrativa global.

    En México, millones de jóvenes vieron “Euphoria” en HBO o retransmitida en fragmentos por Tiktok y otras plataformas. No era para menos, la serie cuenta con actuaciones de la primera línea contemporánea, estética impecable, un drama crudo sobre crisis de identidad, drogas, sexualización del cuerpo femeniano, familias disfuncionales y la compleja moral social ante la transexualidad. La serie encabezada por Zendaya y un elenco de megaestrellas juveniles, se convirtió en un fenómeno cultural global. Sin embargo, pocos saben, realmente porque circuló poca información al respecto, que esta serie no nació en Estados Unidos. Es, en realidad, la adaptación de una miniserie israelí del 2012.

    Detrás del éxito están Ron Leshem y Daphna Levin, co-creadores de la versión original israelí, junto con la productora Tmira Yardeni, de Tedy Productions. También figuras ejecutivas como Hadas Mozes Lichtenstein, quien desde ADD Content Agency se especializa en vender formatos israelíes a mercados internacionales, y Mirit Toovi y Yoram Mokadi, vinculados a HOT, la cadena israelí donde nació “Euphoria”. Del lado estadounidense, Ravi Nandan, de A24 Television, aportó la estrategia industrial para combinar prestigio, riesgo estético y conversación cultural.

    Advierto querido lector que el texto no se trata de una conspiración, se trata de entender un poco más del funcionamiento de la industria cultural que consumimos día a día. Desde hace décadas Israel aprendió a convertir su contexto nacional —guerra, inteligencia, trauma, terrorismo, cautiverio, duelo, militarización e identidad— en historias exportables. De ahí salieron formatos como “BeTipul” (adaptada en EU como “In Treatment”), “Hatufim” (base de “Homeland”), “Fauda”, “Tehran” y la “Euphoria” original. La prensa cultural lo ha documentado como que Israel vende a Hollywood narrativas de bajo presupuesto, escritura intensa y conflictos fácilmente adaptables al lenguaje global del streaming. Quizá en otra entrega ahondaremos más en este dato.

    El punto clave, el que rara vez se discute en las conversaciones de sobremesa o en las redes sociales, es que esas historias no sólo nos entretienen, sino que reordenan la mirada del espectador. Es decir, el público internacional suele entrar emocionalmente por el punto de vista del emisor. Y en el contexto actual, tras las intervenciones militares de Israel contra Palestina, Irán y Líbano, no es un secreto que el aparato de comunicación israelí —su industria cultural, con gran influencia en la industria norteamericana— ha generado contenidos que edifican una narrativa política y social muy clara, abiertamente semita y sionista.

    Dicho de otro modo: ciertas series israelíes han funcionado como vehículos de legitimación cultural y política. Y “Euphoria”, aunque parezca una historia universal de adolescentes perdidos, no es la excepción. Y si esta parte del análisis y estudio de la industria cultural le parece cutre, le invito a revisar los postulados de la Escuela de Frankfurt. 

    II. El retrato de México en la pantalla: caricaturas y omisiones.

    Lo peculiar, y motivo central de esta columna, es lo que la serie muestra —y lo que oculta— sobre el narcotráfico y el consumo de fentanilo. México no sólo lidia con los efectos de la narcocultura que se apropió de series de televisión, los corridos tumbados y la estética buchona. También enfrenta la reconfiguración de los intereses económicos globales y los conflictos entre Estados Unidos e Israel contra China, Rusia, Irán, Europa, América Latina, Líbano, etc.

    En ese tablero geopolítico, el presidente Donald Trump ha capitalizado un discurso que criminaliza las redes de narcotráfico mexicanas al catalogarlas como organizaciones terroristas, mientras que la falta de políticas de salud pública en Estados Unidos ha propiciado una crisis de adicción a los narcóticos sin precedentes en la que sus jóvenes, ante la falta de oportunidades y la carencia de redes familiares sólidas, caen rápidamente en el mundo de la adicción. Y “Euphoria” retrata todo eso. De hecho, Rue, el personaje principal, muere por una sobredosis de fentanilo. —Lamento el spoiler—.

    Sin embargo, la manera en que la serie construye el relato es profundamente reveladora. El tráfico de substancias proviene de México, sí, pero del lado norte de la frontera es operado por caricaturas burdas de maleantes proxenetas con historias de infancias complicadas, sin ningún tipo de contubernio con la autoridad. 

    En las escenas de frontera, los agentes aduanales —pintados como nobles servidores públicos— se limitan a labores meramente administrativas, como si las grandes cantidades de droga circularan en vehículos particulares. En el lado mexicano, tierra sin ley: trata de mujeres, transporte de drogas, falsificación de documentos. En el norte, una pareja de agentes de la DEA es suficiente para descubrir —no para detener— la red de distribución de fentanilo.

    Las caricaturas antagónicas, en este caso los narcotraficantes mexicanos, resultan más astutas que las autoridades estadounidenses. Pero nunca hay una crítica estructural. Nunca se menciona el lavado de dinero en bancos norteamericanos, ni la complicidad de las armerías legales de EU que abastecen a los cárteles, ni la demanda interna que sostiene el negocio. La narrativa es limpia: el mal viene del sur, el norte es víctima.

    III. El final y la gorra “Zion”: propaganda sutil pero poderosa

    No es una casualidad que el final de la serie plasme la figura de un exsoldado norteamericano que acaba con sus propias manos con el jefe de la organización criminal, y que en la escena final aparezca con una gorra con la leyenda “Zion” —un poderoso guiño al proyecto sionista— rezando por el bien de la humanidad. La imagen, el héroe occidental, con vínculos simbólicos con Israel, restaura el orden moral.

    Como se mencionó anteriormente los carteles de la droga en México fueron catalogados como organizaciones terroristas. Título legalmente utilizado por Estados Unidos que le permite actuar militarmente con libertad más allá de sus fronteras. Pero, eso sí. Las guerras —y los conflictos— requieren recursos y sobre todo legitimidad. Ya sea de los votantes o de la comunidad internacional. Y ahí es donde la industria cultural cumple su papel.Ppreparar el terreno emocional.

    Por eso vale la pena repetirlo, ahora con más claridad: El punto propagandístico de estas historias es que no sólo entretienen, sino que reordenan la mirada del espectador. El público internacional, incluyendo los jóvenes mexicanos que vieron “Euphoria” en sus pantallas, termina entrando emocionalmente por el punto de vista del emisor. En este caso: Estados Unidos, con una producción de origen israelí, nos muestra que el problema del fentanilo es exclusivamente mexicano, que la solución viene de héroes solitarios armados con la bendición simbólica de “Zion”, y que las estructuras de poder estadounidenses son, cuando mucho, ineficientes pero nunca cómplices.

    IV. El escándalo en Chihuahua: cuando la ficción se vuelve política de Estado

    Hace unos días estalló un escándalo mediático y político en México en el que la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván, del Partido Acción Nacional, fue descubierta colaborando anticonstitucionalmente con agencias de seguridad del gobierno de Estados Unidos en un operativo dejó a dos agentes fallecidos. No se trata de polemizar o politizar de más el asunto. Se trata de observar que aquello que consumimos inocentemente en las pantallas de nuestro hogar está intervenido por intereses que la industria y el algoritmo saben empaquetar perfectamente.

    La televisión y el streaming no son neutrales. Detrás de cada escena hay decisiones de guión, de producción, de financiamiento y de distribución que responden a lógicas geopolíticas. Y cuando una serie israelí-estadounidense construye una imagen simplista del narcotráfico mexicano, no sólo está contando una historia: está allanando el camino para políticas como la designación de terroristas a cárteles, para operativos conjuntos sin control constitucional, y para que sectores de la sociedad mexicana —sin saberlo— legitimen una intervención extranjera en nombre del orden y la moral.

    Para concluir, “Euphoria” es un producto cultural con una narrativa política muy burda. En México, donde el fentanilo mata, donde los cárteles son usados como excusa para intervenciones externas, y donde nuestra juventud consume historias globales sin preguntarse quién las escribió ni con qué propósito, conviene ver con ojos propios. Porque el entretenimiento global también construye realidades. Y a veces, como en este caso, la ficción allana el camino para la política. ¿Y tú ya la viste?.

  • “Escucharles también es protegerles”.

    Por: Laura Campos.

    Cada vez que una niña o un niño denuncia una situación de violencia, la reacción de las personas adultas suele comenzar con una pregunta equivocada: ¿quién le dijo que dijera eso?

    Antes de investigar los hechos, antes de garantizar su seguridad, antes de analizar los riesgos que enfrenta, muchas veces el foco se desplaza hacia la posibilidad de que esa infancia esté siendo influenciada por alguien más. Como si la principal preocupación no fuera la denuncia en sí misma, sino el origen de sus palabras.

    Esta forma de actuar revela una cruel realidad: seguimos viviendo en una sociedad profundamente adultocentrista. Una sociedad donde las voces de niñas, niños y adolescentes son consideradas importantes únicamente cuando coinciden con la interpretación de las personas adultas.

    Paradójicamente, hemos avanzado en el reconocimiento jurídico de los derechos de las infancias. La Convención sobre los Derechos del Niño establece con claridad que tienen derecho a expresar su opinión en todos los asuntos que les afecten y a que esta sea debidamente tomada en cuenta según su edad y madurez. En México, el principio del interés superior de la niñez obliga a que cualquier decisión pública o judicial coloque su bienestar y protección por encima de cualquier otro interés.

    Sin embargo, entre la ley y la realidad sigue existiendo una enorme distancia.

    Escuchar a una niña o un niño no significa asumir automáticamente que todo lo que dice constituye una verdad absoluta. Significa algo más básico y más importante: reconocer que su voz merece ser tomada en serio y que cualquier señal de posible violencia requiere una investigación inmediata, profesional y especializada.

    La sospecha sobre una posible influencia adulta no puede convertirse en un obstáculo para proteger. No puede transformarse en una excusa para ignorar, minimizar o retrasar actuaciones que podrían resultar determinantes para la seguridad de una infancia.

    Con demasiada frecuencia, las instituciones siguen observando los conflictos familiares desde una lógica centrada en las disputas entre personas adultas. Custodias, convivencias, desacuerdos parentales y litigios complejos terminan ocupando el centro de la discusión, mientras la experiencia de niñas y niños queda relegada a un segundo plano.

    Pero las infancias no son pruebas dentro de un expediente. No son instrumentos de una estrategia legal. No son extensiones de sus madres o de sus padres. Son personas titulares de derechos.

    Una perspectiva de infancia exige cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos quién pudo influir en una niña o un niño, deberíamos preguntarnos qué necesita para sentirse segura o seguro. En lugar de buscar contradicciones inmediatas, deberíamos garantizar espacios adecuados para escucharle. En lugar de proteger procedimientos, deberíamos proteger personas.

    Escuchar no es creer ciegamente. Escuchar es investigar. Escuchar es acompañar. Escuchar es comprender que el riesgo de ignorar una denuncia puede ser mucho más grave que el de tomarla en serio.

    La infancia tiene pocas herramientas para defenderse del mundo adulto. Su voz es una de las más importantes.

    Por eso, cuando una niña o un niño habla, la prioridad no debería ser poner en duda sus palabras. La prioridad debería ser asegurarnos de que nunca tenga que repetirlas porque nadie quiso escucharle la primera vez.

  • El país que le estorba a las personas.

    Por: Laura Campos.

    Esta semana, las imágenes de Mahahual volvieron a abrir una discusión incómoda: ¿qué estamos entendiendo por desarrollo? La transformación del paisaje para favorecer el turismo masivo y la infraestructura comercial dejó otra vez la sensación de que en México el concreto vale más que el entorno, y que la velocidad económica pesa más que la vida cotidiana de las personas.

    La conversación puede parecer lejana para quienes viven en Monterrey, pero en realidad no lo es tanto.

    Aquí también se han modificado espacios emblemáticos bajo una lógica similar. La demolición de los pasos pompeyanos y de la rotonda del Arco de la Independencia se justificó desde la necesidad de agilizar la circulación vehicular. Otra vez los autos al centro. Otra vez la ciudad reorganizada para recorrerla más rápido, aunque caminarla resulte cada vez más difícil.

    El problema no es únicamente lo que se demuele. El problema es la visión de país que se construye cada vez que las personas quedan por debajo del concreto.

    Durante décadas, México ha construido sus espacios públicos bajo una idea de progreso asociada a carriles, distribuidores viales y grandes proyectos de infraestructura. Mientras tanto, las banquetas desaparecen, los cruces seguros son insuficientes y el transporte público permanece rezagado. La movilidad peatonal parece una preocupación secundaria.

    Detrás de cada espacio demolido hay una decisión política sobre quién importa más en la ciudad. Y casi siempre la respuesta favorece a los automóviles, no a las personas.

    Las consecuencias son visibles. Personas adultas mayores, niñas y niños, personas con discapacidad, ciclistas y usuarios del transporte público enfrentan ciudades más hostiles y menos accesibles. La experiencia urbana se vuelve agotadora, desigual y riesgosa.

    En Mahahual ocurre algo parecido desde otra dimensión: la ambiental. Bajo la promesa de crecimiento económico y turismo, el impacto ecológico queda reducido a un costo asumible. Manglares, playas y ecosistemas terminan subordinados a proyectos que privilegian la rentabilidad inmediata.

    Lo preocupante es la repetición del patrón: primero la infraestructura, primero el comercio, primero la circulación. Después, las personas y el medio ambiente.

    Y, sin embargo, hoy existe suficiente evidencia sobre el impacto de esas decisiones. Las ciudades con menos áreas verdes son más calientes y más contaminadas. La dependencia excesiva del automóvil deteriora la calidad del aire y reduce la convivencia social. La destrucción ambiental aumenta la vulnerabilidad frente a fenómenos climáticos cada vez más extremos.

    Aun así, gran parte de las decisiones públicas siguen tomando como referencia un modelo de desarrollo acelerado y poco sostenible.

    La discusión de fondo es qué significa realmente modernizar un país. Porque una ciudad moderna no tendría que medirse solo por la rapidez del tráfico, sino por la calidad de vida de quienes la habitan. Un destino turístico exitoso no debería construirse a costa de deteriorar el entorno que le da identidad.

    México necesita replantear la relación entre desarrollo, movilidad y medio ambiente. Necesita ciudades pensadas para caminarse, convivirse y respirarse mejor. Necesita políticas urbanas y ecológicas que coloquen los derechos humanos al centro y no como un añadido tardío.

  • Otra cara del Día de las Madres.

    Por: Laura Campos.

    Se acerca el Día de las Madres y, como cada año, las vitrinas se llenan de flores, perfumes y frases sobre el amor incondicional. Pero hay muchas maternidades, y muchas de ellas no caben en esas postales. Hay unas maternidades que no celebran en calma, porque viven entre expedientes, audiencias y resoluciones que nunca llegan a tiempo.

    Son las madres cuya vida ha sido judicializada.

    Custodia, pensión alimenticia, regímenes de convivencia, incumplimientos. Términos legales que, en teoría, buscan garantizar derechos, pero que en la práctica muchas veces se convierten en una carga adicional. Porque mientras el sistema avanza lento, la vida cotidiana no se detiene.

    Las infancias siguen necesitando desayuno cada mañana, tareas revisadas, uniformes listos, contención emocional, respuestas a preguntas difíciles. Siguen necesitando estabilidad, incluso cuando el entorno está atravesado por la incertidumbre. Y en medio de ese esfuerzo por sostener su mundo, también está el desgaste de quien cuida: el cansancio, la preocupación constante, la presión económica.

    Ser madre en un proceso judicial implica habitar dos tiempos distintos: el del expediente, marcado por plazos, audiencias y trámites, y el de la crianza, que no admite pausas.

    Hay días en los que una audiencia marca el ritmo de la jornada, pero al salir hay que llegar a la escuela, preparar la comida, escuchar lo que pasó en el día. Hay momentos en los que una notificación altera el ánimo, pero aun así se sostiene la rutina para no desestabilizar a quienes dependen de ella. Porque en medio del conflicto, proteger la infancia sigue siendo prioridad.

    Y ese esfuerzo casi nunca se nombra.

    Pocas veces se habla del costo emocional de estos procesos. Del desgaste económico que implica sostener una defensa legal. De la energía que se invierte en exigir derechos que deberían ser garantizados sin necesidad de litigio. De las noches sin descanso, de las cuentas que no alcanzan, de la sensación de estar atrapadas en una lucha prolongada.

    A eso se suma una exigencia silenciosa: mantener el equilibrio emocional de las hijas y los hijos. Evitar que carguen con tensiones que no les corresponden. Preservar, en la medida de lo posible, una infancia estable en medio de la disputa adulta.

    Es una forma de resistencia cotidiana.

    Este Día de las Madres también debería reconocer a quienes maternan desde un juzgado. A las que han tenido que aprender de leyes sin buscarlo. A las que sostienen la vida mientras enfrentan procesos que desgastan. A las que, aun en medio del conflicto, continúan garantizando cuidados, afecto y presencia.

    No todas las maternidades se celebran con flores.Algunas se sostienen con una fuerza silenciosa, con una constancia que no descansa, con una capacidad de seguir adelante incluso cuando el sistema no acompaña. Y aunque muchas veces la justicia tarda, y el camino se vuelve cuesta arriba, hay algo que permanece firme:

    La decisión de seguir cuidando, incluso cuando cuidar también implica resistir.

  • Infancias críticas: el arte como mediación para la formación política frente al entorno digital.

    Por: Dr. Felipe Marañón.

    Abril, mes dedicado a la niñez, abre una oportunidad sustantiva para replantear cómo se forman las primeras nociones políticas en la infancia. La evidencia indica que la socialización política inicia desde edades tempranas y se configura a partir de múltiples agentes, entre ellos la familia, la escuela y, de manera creciente, los medios digitales. En este escenario, la niñez no es un sujeto pasivo, sino un actor en proceso de construcción que interpreta, resignifica y reproduce los estímulos que recibe.

    En el contexto contemporáneo, los medios digitales se han consolidado como un agente central en la formación de percepciones políticas. Los datos muestran que la exposición constante a contenidos mediáticos incide en el conocimiento político, pero también en la simplificación de los procesos democráticos, reduciéndolos a narrativas fragmentadas, emocionales o estereotipadas. Este entorno condiciona la forma en que niñas y niños comprenden el poder, la autoridad y la participación, muchas veces sin mediaciones críticas que permitan una lectura más compleja de lo político.

    Frente a este panorama, el arte emerge como una herramienta decisiva para la formación de una conciencia política más reflexiva. Diversos estudios en educación y comunicación han demostrado que las expresiones artísticas, como el teatro, el dibujo, la música o la narrativa, permiten a la niñez explorar conceptos abstractos de manera situada, favoreciendo la empatía, el pensamiento crítico y la comprensión de la diversidad social. A través del arte, lo político deja de ser un contenido distante para convertirse en una experiencia vivida.

    Esta mediación resulta particularmente relevante en términos de comunicación política y generación de estereotipos. Mientras los medios tienden a reproducir representaciones simplificadas del liderazgo, el género o la participación, el arte ofrece un espacio para cuestionar dichas construcciones. La evidencia muestra que, cuando se incorporan dinámicas creativas en procesos educativos, las niñas y los niños desarrollan una mayor capacidad para identificar desigualdades, reconocer pluralidades y problematizar los discursos dominantes.

    El uso del arte como herramienta pedagógica incide en la manera en que se internalizan valores democráticos. No se trata únicamente de transmitir información sobre instituciones o procesos electorales, sino de fomentar habilidades como el diálogo, la deliberación y la expresión de ideas propias. En este sentido, el arte contribuye a formar sujetos políticos que no solo reciben mensajes, sino que los interpretan, los cuestionan y, eventualmente, los transforman.

    Este enfoque también permite contrarrestar la influencia unidireccional de los entornos digitales. Si bien las plataformas digitales son parte constitutiva de la socialización contemporánea, su impacto puede ser mediado mediante estrategias que integren la creatividad y la reflexión. La evidencia sugiere que los procesos educativos que combinan alfabetización mediática y prácticas artísticas generan mayores niveles de comprensión crítica frente a los contenidos consumidos.

    Pensar en la niñez desde esta perspectiva implica reconocer que la formación política no debe limitarse a la exposición informativa, sino que requiere espacios de construcción activa de significado. En el marco de abril, esto adquiere una dimensión particular: formar infancias críticas a través del arte no es una opción complementaria, sino un componente central para el desarrollo de ciudadanos capaces de comprender y transformar su realidad.

  • Escuchar a la infancia

    Por: Laura Campos.

    Cada 30 de abril abundan los festivales escolares, los regalos, los mensajes sobre la alegría de ser niñas y niños. Pero el Día del Niño y la Niña debería ser algo más que una celebración: debería ser una oportunidad para preguntarnos cómo estamos garantizando sus derechos y, sobre todo, cuánto seguimos decidiendo por ellas y ellos sin escucharles.

    Porque aunque hablamos de la infancia como “el futuro”, con demasiada frecuencia le negamos su lugar en el presente.

    Vivimos en una sociedad profundamente adultocentrista. Eso significa que las decisiones públicas suelen pensarse desde las prioridades, tiempos e intereses de las personas adultas, incluso cuando afectan directamente a niñas, niños y adolescentes. Diseñamos ciudades sin espacios seguros para jugar, sistemas educativos donde rara vez se escucha su voz, presupuestos que no siempre priorizan su bienestar, políticas públicas que hablan de ellas y ellos, pero pocas veces con ellas y ellos.

    Y las consecuencias son concretas.

    En México, millones de niñas y niños viven en condiciones de pobreza; muchas infancias enfrentan inseguridad alimentaria, rezago educativo y acceso desigual a servicios de salud. Persisten formas graves de vulneración como el trabajo infantil, la violencia en el hogar, el abuso sexual, el reclutamiento por grupos delictivos y los matrimonios o uniones tempranas que afectan especialmente a niñas.

    La violencia, además, atraviesa la infancia de formas cotidianas que hemos normalizado demasiado: castigos físicos, humillaciones, acoso escolar, exposición temprana a violencias que ningún niño debería procesar.

    Y hay algo que rara vez se señala: muchas políticas hacia la infancia siguen construidas desde una lógica tutelar, no de derechos. Se les ve como personas a proteger —que por supuesto deben ser protegidas—, pero no como sujetas y sujetos con voz, opinión y agencia.

    Ese es el núcleo del problema adultocentrista.

    Pensamos que escuchar a la infancia es una concesión, cuando en realidad es un derecho reconocido. Niñas y niños tienen derecho a participar en decisiones que afectan su vida. Pero ¿cuántas veces se les consulta sobre los espacios públicos que usan? ¿Sobre sus escuelas? ¿Sobre la violencia que viven? ¿Sobre lo que necesitan para sentirse seguras y seguros?

    Pocas.

    Y sin embargo, tienen mucho que decir.

    Quienes convivimos con infancias sabemos que observan con profundidad, cuestionan con honestidad y entienden más de lo que solemos asumir. No necesitan ser tratadas como ciudadanas del mañana; lo son hoy.

    Desde una perspectiva de derechos humanos, hablar del Día del Niño y la Niña no debería reducirse a celebrar la ternura, sino a reconocer una deuda. Porque una sociedad que no pone a la infancia en el centro de sus decisiones no solo falla en protegerla: falla en imaginar un futuro más justo.

    Urge dejar atrás la mirada que infantiliza a las infancias.

    Pensar políticas públicas con enfoque de niñez significa invertir en cuidados, en salud mental, en educación libre de violencias, en ciudades jugables, en participación infantil. Significa dejar de preguntarnos solo qué necesitan las niñas y los niños, para empezar a preguntarles.

    Celebrarles importa. Escucharles, mucho más.

  • Educar para el país que viene, no para el que se nos fue.

    Por Rafael Páramo.

    México tiene una deuda enorme con la educación. No hay ninguna forma de negarlo. Durante años hemos hablado de escuelas dignas, inclusión, tecnología, salud mental y abandono escolar como si fueran pendientes administrativos, cuando en realidad son grietas que definen el futuro de millones de niñas, niños y jóvenes.

    Por eso conviene mirar con atención lo que ocurre en Nuevo León con la nueva Ley de Educación. No desde el aplauso automático, sino desde una pregunta ciudadana: ¿esta reforma ayuda a preparar a los estudiantes para el México que viene? Al menos en intención, la respuesta parece positiva.

    La ley incorpora temas que durante mucho tiempo fueron tratados como accesorios y no como parte esencial de la formación: inclusión, salud mental, educación socioemocional, pensamiento crítico, transformación digital, modalidades flexibles y educación dual. En otras palabras, reconoce algo básico: educar ya no puede reducirse a transmitir información. La escuela también debe entender el contexto en el que vive cada estudiante.

    Ese punto es clave. Un niño no aprende igual si llega con hambre, miedo, ansiedad o violencia en casa. Una adolescente no permanece en la escuela si no encuentra condiciones para seguir estudiando. Un joven difícilmente competirá en el mundo laboral si nunca tuvo contacto con herramientas tecnológicas o con modelos de formación vinculados a la realidad productiva.

    Ahí está el cambio de enfoque más relevante. La educación deja de verse solo como aula y pizarrón, y empieza a entenderse como desarrollo integral. Académico, sí, pero también emocional, físico, social y tecnológico.

    La inclusión como eje transversal también merece atención. En un país donde demasiados estudiantes quedan fuera por discapacidad, pobreza, origen social o rezago, poner la inclusión en el centro no es un gesto amable. Es una obligación. La pregunta, por supuesto, será cómo se implementa. Porque las leyes pueden sonar muy bien en papel, pero la verdadera prueba está en el presupuesto, la capacitación docente, la infraestructura y la evaluación.

    Lo mismo ocurre con la transformación digital. Hablar de tecnología en educación es necesario, pero insuficiente. No basta con mencionar dispositivos, plataformas o herramientas digitales. El reto será enseñar a usarlas con criterio, ética y sentido. En tiempos de inteligencia artificial, desinformación y automatización, formar pensamiento crítico es tan importante como enseñar matemáticas o lectura.

    También destaca la educación dual y la vinculación productiva. Para un estado industrial como Nuevo León, conectar escuela y empleo puede ser una ventaja real si se hace bien. Pero debe cuidarse que no se convierta en mano de obra temprana y barata. La educación debe abrir caminos, no encasillar destinos.

    El compromiso de iniciar su implementación en agosto vuelve el tema más urgente. Si se hace con seriedad, podría marcar una diferencia. Si se queda en ceremonia, será otra promesa bonita en el archivo de buenas intenciones.

    La deuda educativa de México no se resolverá con una ley estatal, pero sí puede empezar a enfrentarse con modelos que entiendan el tamaño del desafío. Nuevo León, al menos, está intentando poner sobre la mesa una conversación necesaria: educar para la vida real. Y eso importa. Porque el país que viene exigirá niñas, niños y jóvenes con más herramientas, más criterio y más oportunidades.

    La educación no cambia todo de un día para otro. Pero sin educación, nada cambia de verdad.